La polémica que rodea a Buddy ha comenzado a crecer casi tan rápido como la propia película. Lo que nació como una peculiar propuesta de terror construida sobre la apariencia de un programa infantil terminó convirtiéndose, pocos días después de su estreno, en protagonista de una historia viral: padres que supuestamente llevaron a sus hijos al cine creyendo que iban a ver una película para niños y que abandonaron las salas indignados después de descubrir que detrás del enorme unicornio naranja se escondía una producción de terror explícitamente dirigida al público adulto.

Durante los últimos días, diferentes publicaciones en redes sociales han asegurado que algunos padres se quejaron después de asistir a proyecciones de Buddy acompañados de menores. Las versiones más compartidas afirman que los niños quedaron «traumatizados» por lo que vieron en pantalla y que algunas familias llegaron a reclamar la devolución del importe de las entradas. La historia ha terminado saltando de las redes a diferentes páginas y medios digitales, convirtiéndose en una de las anécdotas más comentadas alrededor de la película.

Sin embargo, al examinar el origen de esas afirmaciones, la situación resulta bastante menos clara.

Buddy, dirigida por Casper Kelly y estrenada en Estados Unidos el 28 de agosto de 2026, utiliza deliberadamente una estética que recuerda a los programas infantiles de televisión de décadas pasadas. Su personaje central, un enorme unicornio naranja, los decorados extremadamente coloridos y la apariencia de espectáculo para niños forman parte esencial de la propuesta. Precisamente de ahí nace el contraste: bajo esa fachada aparentemente inocente se encuentra una comedia de terror con violencia sangrienta, lenguaje adulto y situaciones que nada tienen que ver con una producción destinada a los más pequeños.

La película, además, no fue clasificada en Estados Unidos como una obra infantil. Recibió una calificación R, que advierte de contenido adulto y establece restricciones para los menores de 17 años que acudan sin la compañía de un adulto. La Motion Picture Association justificó la clasificación, entre otros elementos, por la presencia de violencia sangrienta. El material promocional tampoco esconde durante demasiado tiempo la verdadera naturaleza de la película: el contraste entre la apariencia infantil de Buddy y la violencia es precisamente uno de sus principales reclamos.

Es aquí donde la historia de los padres indignados comienza a presentar problemas.

Aunque existen publicaciones que hablan de familias que habrían salido de las salas después de descubrir el contenido de la película, hasta ahora no ha aparecido documentación sólida que permita hablar de una oleada real de reclamaciones. Tampoco existe constancia pública de un número significativo de denuncias o devoluciones provocadas por padres que confundieran Buddy con una película infantil.

Parte de la controversia parece haberse alimentado de vídeos y publicaciones virales cuyo contexto no siempre estaba claro. Algunos contenidos presentados como reacciones auténticas han sido señalados posteriormente como humorísticos o satíricos. Una vez separados de su contexto original y republicados por otras cuentas, comenzaron a circular como prueba de que numerosas familias estaban cometiendo el mismo error.

El fenómeno resulta especialmente significativo porque las versiones fueron creciendo a medida que se compartían. Primero se habló de padres que habían entrado por equivocación. Después aparecieron referencias a devoluciones de entradas. Finalmente, algunas publicaciones comenzaron a afirmar directamente que los menores habían quedado «traumatizados». Sin embargo, esas afirmaciones no vienen acompañadas, por ahora, de testimonios verificables suficientes que permitan presentarlas como un fenómeno generalizado.

Incluso entre trabajadores y aficionados habituales de cadenas de cine estadounidenses surgieron conversaciones preguntando si realmente estaban apareciendo familias con niños en las sesiones de Buddy. Los testimonios disponibles son dispersos. Se han mencionado situaciones relacionadas con menores intentando acceder a una película clasificada R y siendo rechazados, algo completamente normal dentro de las políticas de admisión estadounidenses, pero eso no demuestra que numerosos padres hayan sentado a niños pequeños frente a la película para descubrir posteriormente su contenido.

Por tanto, existe una diferencia importante entre que algún espectador haya podido confundirse por la estética de Buddy —algo perfectamente posible— y afirmar que se ha producido una oleada de padres indignados cuyos hijos terminaron traumatizados. Lo primero resulta plausible; lo segundo continúa sin estar suficientemente acreditado.

La historia también plantea una cuestión incómoda sobre la velocidad con la que una anécdota puede transformarse en noticia en Internet. Una publicación llamativa pasa a otra cuenta, pierde su contexto, incorpora nuevos detalles y termina presentada como un acontecimiento confirmado. En el caso de Buddy, la propia naturaleza de la película hizo el resto: la imagen de unos padres entrando tranquilamente con sus hijos para ver a un simpático unicornio y descubriendo después una película sangrienta resulta demasiado irresistible para las redes sociales.

Paradójicamente, toda esta confusión encaja casi perfectamente con aquello que Buddy pretende hacer desde el principio. La película utiliza los recuerdos de la televisión infantil, los colores exagerados, las canciones y las grandes mascotas sonrientes para provocar una falsa sensación de seguridad antes de convertirla en terror.

Por ahora, por tanto, conviene tratar con cautela los titulares que aseguran que niños quedaron traumatizados después de que sus padres los llevaran accidentalmente a ver Buddy. La polémica viral existe; las publicaciones y los vídeos existen; lo que todavía no está demostrado es que detrás de ellos exista el fenómeno masivo de familias indignadas que algunos titulares están dando por hecho.

Y quizá ese sea el giro más curioso de toda la historia. Buddy nació como una película diseñada para engañar a nuestros recuerdos infantiles. Una semana después de su estreno, su aspecto inocente no solo está confundiendo dentro de la ficción: también ha conseguido que buena parte de Internet tenga dificultades para distinguir dónde termina la realidad y dónde comienza la broma.