Cuando Daniel Varela vio por primera vez Valdemora desde la carretera, pensó que el navegador se había equivocado. Llevaba casi cuarenta minutos conduciendo por una comarcal cada vez más estrecha, encajonada entre montañas cubiertas de hayas, y durante los últimos doce kilómetros no había encontrado una gasolinera, una casa ni siquiera un cartel publicitario. Solo bosque, piedra y una niebla baja que permanecía atrapada entre los árboles a pesar de que eran poco más de las cuatro de la tarde. Entonces apareció el pueblo. No poco a poco, como suelen aparecer los pueblos pequeños al final de una carretera, sino entero, de repente, al superar una curva: una treintena de casas de piedra oscura apiñadas alrededor de una iglesia desproporcionadamente grande, con una torre cuadrada que parecía mucho más antigua que el resto de los edificios. Daniel redujo la velocidad. Junto a la carretera había un cartel de madera ennegrecida en el que apenas se distinguían unas letras: VALDEMORA — FUNDADO EN 1649 — POBLACIÓN: 87 HABITANTES. Debajo alguien había añadido una frase a cuchillo, arañando profundamente la madera: LOS QUE NACEN AQUÍ, AQUÍ SE QUEDAN.

Daniel fotografió el cartel desde el coche. Había llegado hasta aquel rincón perdido por una razón bastante menos siniestra de lo que la frase sugería. Trabajaba restaurando documentos históricos para archivos municipales y una semana antes había recibido una llamada del alcalde de Valdemora. Durante unas obras en la sacristía de la iglesia habían descubierto un pequeño cuarto tapiado que no figuraba en ningún plano. Dentro había varios libros parroquiales, cartas y documentos del siglo XVII deteriorados por la humedad. El ayuntamiento quería saber si podían recuperarse. El trabajo era sencillo y estaba bien pagado. Tres días, quizá cuatro. Sin embargo, cuando Daniel aparcó frente a la única pensión del pueblo y bajó del coche, tuvo la extraña sensación de que las ochenta y siete personas que vivían allí ya sabían que había llegado.

La dueña de la pensión se llamaba Clara Salcedo. Tendría treinta y cinco años, quizá alguno más, llevaba el cabello negro recogido de cualquier manera y tenía esa forma de mirar directamente a los ojos que hacía difícil mentirle. Cuando Daniel dijo su nombre, ella dejó las llaves que estaba ordenando sobre el mostrador.

—El del archivo.

—Espero que no sea así como vais a llamarme todos.

—Aquí cualquier persona nueva recibe un nombre antes de que sepamos quién es.

—¿Y si me quedo mucho tiempo?

Clara sonrió, aunque no parecía especialmente divertida.

—Entonces dejarás de ser nuevo.

Le entregó la llave de la habitación número cuatro y señaló las escaleras. Daniel estaba a punto de subir cuando reparó en algo extraño. En la pared del comedor había fotografías antiguas del pueblo: procesiones, bodas, fiestas patronales, grupos de vecinos frente a la iglesia. Algunas eran tan viejas que estaban amarillentas. Se acercó a una tomada aproximadamente en los años cincuenta. Había unas cuarenta personas mirando a cámara. Daniel tardó unos segundos en comprender qué le molestaba.

—¿Es familia tuya?

Clara siguió su mirada.

—¿Quién?

Daniel señaló a un hombre alto situado en la última fila. Después señaló otra fotografía, probablemente tomada veinte años más tarde. El mismo hombre aparecía junto a la puerta de la iglesia.

—Él.

Clara dejó de sonreír.

—No lo sé.

—Se parece muchísimo.

—En los pueblos pequeños todo el mundo termina pareciéndose a alguien.

Daniel iba a responder, pero ella se adelantó:

—Si vas a trabajar en la iglesia, un consejo.

—Dime.

—Cuando oscurezca, vuelve a la pensión.

—¿Por qué?

Clara sostuvo su mirada durante un instante.

—Porque aquí las noches son muy largas.

A las cinco, Daniel conoció al alcalde. Esteban Ordóñez era un hombre delgado, impecablemente vestido y sorprendentemente cordial. Lo esperaba frente a la iglesia acompañado del párroco, el padre Matías, un anciano de casi ochenta años que caminaba apoyándose en un bastón. Ninguno quiso hablar demasiado sobre el descubrimiento. Atravesaron la nave principal, descendieron por una escalera lateral y llegaron a la sacristía. Allí habían retirado parte de una pared dejando al descubierto una puerta diminuta. Detrás se encontraba una habitación sin ventanas de apenas cuatro metros cuadrados. Había un escritorio, una silla y tres cajas de madera.

—¿Cuánto tiempo llevaba cerrado esto? —preguntó Daniel.

El alcalde respondió inmediatamente.

—Desde antes de que ninguno de nosotros naciera.

El padre Matías lo miró.

—Mucho antes.

Dentro de las cajas había libros parroquiales, correspondencia, registros de nacimientos y defunciones. Daniel se puso los guantes y comenzó a examinarlos. Los documentos más recientes eran de 1812. Los más antiguos parecían corresponder precisamente a 1649, el año de fundación del pueblo. Aquello despertó su interés profesional.

—¿Valdemora no existía antes de 1649?

El alcalde negó con la cabeza.

—Aquí no había nada.

Daniel levantó uno de los libros.

—Eso es raro. La iglesia parece anterior.

Nadie respondió.

—Mucho anterior —insistió Daniel.

El padre Matías apoyó las dos manos sobre el bastón.

—Las iglesias sobreviven a los hombres.

—Pero alguien tuvo que construirla.

El anciano sonrió débilmente.

—Eso es precisamente lo que llevamos trescientos años intentando olvidar.

Aquella noche Daniel cenó con Clara. Eran las nueve y la pensión estaba vacía. Fuera no se veía a nadie. Todas las ventanas de las casas estaban cerradas y la calle permanecía completamente desierta. Daniel comentó que aquello parecía un pueblo sometido a un toque de queda.

—Más o menos —respondió ella.

—¿Por qué?

—Costumbre.

—La gente utiliza esa palabra cuando no quiere explicar algo.

Clara dejó el tenedor.

—¿Qué encontraste hoy?

Daniel la observó con curiosidad.

—Pensaba que nadie sabía qué había en esa habitación.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Documentos. Registros. Nada extraordinario todavía.

—¿Todavía?

—Hay una anomalía.

Clara esperó.

—El primer registro de habitantes de Valdemora contiene cuarenta y dos nombres. Todos aparecen como llegados aquí durante el mismo mes de 1649. Hombres, mujeres, niños. No indica de dónde venían.

Clara bajó la mirada.

—¿Y?

—Que los pueblos no nacen así. Una familia puede establecerse en un valle. Después llega otra. Crece durante generaciones. Pero cuarenta y dos personas no aparecen simultáneamente en mitad de una montaña y construyen treinta casas alrededor de una iglesia que ya estaba allí.

Clara tardó varios segundos en contestar.

—Quizá estaban huyendo.

—¿De qué?

—Esa es la pregunta que deberías hacerle a tus papeles.

La respuesta apareció al día siguiente.

Daniel encontró una carta escondida entre las páginas de un misal. Estaba fechada el 3 de noviembre de 1649 y firmada por un sacerdote llamado fray Alonso de Cárdenas. La tinta estaba deteriorada, pero consiguió reconstruir gran parte del texto. Hablaba de cuarenta y dos personas procedentes de cinco aldeas diferentes que habían abandonado sus hogares durante una epidemia. Sin embargo, no huían de la enfermedad. Huían de algo que había aparecido después.

Daniel continuó leyendo.

Los muertos no permanecían muertos.

No era una metáfora.

El sacerdote describía cadáveres exhumados con sangre fresca alrededor de la boca. Familias que aseguraban haber visto a parientes fallecidos observándolos desde los caminos. Animales encontrados sin sangre. Personas que enfermaban lentamente después de recibir la visita nocturna de alguien conocido.

Daniel sonrió para sí mismo.

—Vampiros.

—No utilizaban esa palabra.

La voz hizo que se volviera bruscamente.

El padre Matías estaba en la puerta.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí?

—El suficiente.

Daniel señaló el documento.

—Es folklore. Muy temprano para España, pero fascinante. Probablemente una interpretación religiosa de alguna enfermedad.

—Siempre necesitamos palabras modernas para sentirnos superiores a los muertos.

—No estoy diciendo que fueran ignorantes.

—Está diciendo que estaban equivocados.

Daniel se quitó las gafas.

—Estoy diciendo que los muertos no salen de sus tumbas para beber sangre.

Matías entró lentamente.

—Eso mismo escribió fray Alonso.

Daniel volvió a mirar la carta.

—¿Y después?

—Siga leyendo.

La segunda parte era peor. Los refugiados habían encontrado aquella iglesia abandonada en mitad del valle. No existía pueblo alguno alrededor. Decidieron refugiarse allí durante el invierno. Durante varias semanas nadie enfermó. Creyeron estar a salvo. Hasta que una niña llamada Elvira desapareció.

La encontraron tres días después dentro de una cripta situada bajo el altar.

Viva.

Daniel leyó dos veces la siguiente línea.

La niña dijo que debajo de la iglesia había un hombre que llevaba siglos esperando compañía.

Esa tarde fue a buscar a Clara.

La encontró cerrando las contraventanas.

—¿Hay una cripta debajo de la iglesia?

Clara se quedó inmóvil.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Una niña muerta hace casi cuatrocientos años.

Clara cerró lentamente la última ventana.

—Entonces ya has llegado demasiado lejos.

—¿Demasiado lejos para qué?

—Para marcharte sin entender nada.

Daniel sacó una fotografía del documento.

—Elvira Salcedo.

El rostro de Clara cambió.

—Tu apellido.

—Hay muchos Salcedo.

—En el cementerio he visto seis tumbas con ese apellido.

—Te dije que aquí todos terminamos pareciéndonos a alguien.

—No estamos hablando de parecido.

Daniel colocó el teléfono frente a ella.

—Elvira tuvo un hermano. Mateo Salcedo. Diecisiete años. Según el registro murió en 1651.

Clara no dijo nada.

—Pero aparece otro Mateo Salcedo muerto en 1724. Y otro en 1798. Otro en 1871. Todos con diecisiete años.

—Los nombres se heredan.

—También encontré fotografías.

Clara palideció.

Daniel abrió la imagen que había fotografiado en la pensión.

—Este hombre aparece en 1954, 1978 y 2002.

Clara le quitó el teléfono de las manos.

—No vuelvas a preguntar por él.

—¿Quién es?

—Mi hermano.

Daniel creyó haber entendido mal.

—¿Qué?

—Mateo es mi hermano.

El silencio que siguió fue tan absoluto que Daniel oyó crujir la madera del edificio.

—¿Cuántos años tiene?

Clara levantó los ojos.

—Diecisiete.

—Clara...

—Tiene diecisiete desde 1649.

Daniel retrocedió un paso.

—Eso no tiene sentido.

—Claro que no. Por eso sobrevivimos.

Entonces Clara le contó el verdadero origen de Valdemora.

Elvira no había encontrado un hombre debajo de la iglesia. Había encontrado algo que parecía un hombre. Estaba encadenado dentro de una cámara mucho más antigua que el propio templo. Nadie sabía quién lo había encerrado allí. La iglesia había sido construida encima precisamente para mantenerlo sepultado. Cuando Elvira entró en la cripta, aquella criatura estaba tan debilitada que apenas podía moverse. La niña regresó varias veces y comenzó a alimentarla con animales. Después con su propia sangre.

Y la criatura le dio algo a cambio.

Elvira dejó de enfermar.

Luego dejó de crecer.

Después hizo lo mismo con Mateo.

Cuando los adultos descubrieron lo ocurrido, ya era tarde.

—¿Quieres decirme que hay dos vampiros viviendo aquí desde hace cuatro siglos?

Clara negó lentamente.

—No. Quiero decirte que todo el pueblo vive gracias a ellos.

Daniel sintió frío.

Los primeros habitantes de Valdemora hicieron un pacto. Habían perdido familias enteras por epidemias, hambre y violencia. La criatura podía impedir que enfermaran. Podía prolongar sus vidas. Pero necesitaba sangre humana. Así nació Valdemora. No como refugio.

Como granja.

Durante siglos, viajeros, comerciantes, soldados, vagabundos y personas sin familia desaparecieron en los caminos cercanos. Con el tiempo aquello se hizo más difícil. Llegaron carreteras, registros, teléfonos, cámaras, Internet. El pueblo tuvo que adaptarse. Ya no mataban con frecuencia. Una persona podía mantenerlos durante meses.

Daniel recordó inmediatamente el cartel de entrada.

POBLACIÓN: 87 HABITANTES.

—¿Cuántos de esos ochenta y siete son...?

Clara lo interrumpió.

—Ochenta y seis.

Daniel sintió que el estómago se le cerraba.

—¿Quién es el otro?

Clara comenzó a llorar.

—Tú.

Las campanas de la iglesia sonaron.

Una vez.

Daniel miró el reloj.

Eran las seis de la tarde.

—Clara...

—Corre.

—¿Qué?

—He dicho que corras.

Daniel salió de la pensión. Su coche estaba donde lo había dejado. Introdujo la llave, arrancó y aceleró hacia la carretera. Nadie intentó detenerlo. Eso fue precisamente lo que más miedo le dio. Atravesó el cartel de Valdemora y condujo durante quince minutos sin mirar atrás.

Entonces volvió a pasar junto al mismo cartel.

Frenó.

Miró el navegador.

La carretera era recta.

Volvió a conducir.

Veinte minutos después apareció nuevamente la iglesia.

Esta vez había personas esperando en mitad de la carretera.

El alcalde.

El padre Matías.

La mujer de la tienda.

El camarero.

Ancianos.

Niños.

Todos inmóviles.

Daniel bajó del coche.

—¿Qué demonios queréis de mí?

El alcalde dio un paso adelante.

—Lo mismo que quisieron de nosotros.

—¿Mi sangre?

Esteban pareció sorprendido.

—No.

Daniel miró alrededor.

—Entonces ¿qué?

—Que ocupes tu lugar.

Las puertas de la iglesia se abrieron.

Clara apareció detrás de ellos.

Y junto a ella caminaba un muchacho de diecisiete años.

Daniel reconoció inmediatamente al hombre de las fotografías.

Mateo Salcedo.

El mismo rostro.

Los mismos ojos.

La misma edad.

—No eres alimento —dijo Clara—. Nunca lo fuiste.

Daniel miró al muchacho.

—Entonces ¿por qué me habéis traído?

Mateo habló por primera vez.

—Porque yo sí quiero morir.

Nadie se movió.

—Durante trescientos setenta y siete años he alimentado lo que hay debajo de la iglesia. Elvira murió hace mucho. Descubrió demasiado tarde que aquello no nos hacía inmortales. Nos utilizaba para extenderse. Cada persona que bebe nuestra sangre queda unida a él. El pueblo entero está unido.

Daniel comprendió entonces la anomalía que había visto en los registros.

—Los cuarenta y dos habitantes originales...

—Nunca fueron refugiados —dijo Mateo—. Fueron los primeros infectados.

—Entonces ¿por qué fundaron el pueblo?

Mateo miró hacia la iglesia.

—No lo fundaron ellos.

Las campanas volvieron a sonar.

Desde debajo de sus pies llegó un golpe.

Profundo.

Después otro.

Daniel observó las casas, la iglesia, las calles construidas formando círculos concéntricos alrededor del templo.

No era un pueblo construido alrededor de una iglesia.

Era una estructura construida alrededor de una tumba.

—¿Qué tiene esto que ver conmigo?

Mateo se acercó.

—Fray Alonso tuvo un hijo antes de ordenarse sacerdote. Ese hijo escapó de Valdemora en 1650. Fue la única persona que consiguió hacerlo.

Daniel dejó de respirar.

—Varela —continuó Mateo—. Su apellido era Varela.

Daniel negó con la cabeza.

—No.

—Tu familia no sabe de dónde viene porque Alonso destruyó todos los documentos. Todos menos uno.

Mateo señaló la habitación oculta de la iglesia.

Daniel recordó entonces quién había solicitado específicamente un restaurador de documentos.

El alcalde.

—Me trajisteis aquí deliberadamente.

Esteban asintió.

—Llevamos generaciones buscándoos.

—¿Por qué?

Mateo respondió.

—Porque la sangre de Alonso fue la única que nunca bebió.

La tierra tembló.

Un sonido surgió de las profundidades de la iglesia. No era un rugido. Parecía una respiración enorme, lenta, paciente.

Mateo sacó un pequeño cuchillo.

Daniel retrocedió.

—Ni se te ocurra.

Pero Mateo no avanzó hacia él.

Se cortó la palma de la mano.

La sangre cayó sobre las piedras.

Y las ochenta y seis personas del pueblo reaccionaron simultáneamente.

Todas giraron la cabeza hacia Mateo.

Todas abrieron la boca.

Todas mostraron los dientes.

Clara fue la única que consiguió resistirse.

—Daniel —susurró—. Ahora.

Mateo sonrió.

—Corre hacia la iglesia.

—¿Hacia la iglesia?

—Confía en mí.

—Debajo está esa cosa.

—Precisamente.

Daniel corrió.

Entró en el templo mientras detrás de él estallaba un griterío imposible. Mateo había ofrecido su sangre para distraer a todo el pueblo. Daniel llegó al altar y encontró abierta la entrada de la cripta.

Descendió.

El aire era húmedo y caliente.

La escalera terminaba en una cámara circular.

En el centro había un sarcófago de piedra abierto.

Vacío.

Daniel se quedó paralizado.

Oyó pasos detrás.

Era Clara.

Tenía sangre en la ropa.

—No está.

Daniel apenas pudo pronunciar las palabras.

—¿Dónde está?

Clara miró el sarcófago.

Después miró las paredes.

Daniel siguió su mirada.

Había nombres grabados en la piedra.

Cientos.

Algunos del siglo XVII.

Otros recientes.

El último había sido tallado aquella misma semana.

DANIEL VARELA.

—Clara...

Ella empezó a retroceder.

—No te trajeron para matarte.

—Eso ya me lo dijiste.

—Ni para alimentarlo.

—Entonces dime para qué.

Clara miró hacia arriba.

Las campanas dejaron de sonar.

Todo quedó en silencio.

—Para despertarlo.

Daniel sintió algo detrás de él.

Una mano extremadamente fría se apoyó sobre su hombro.

Y una voz habló junto a su oído.

—Alonso tenía tus ojos.

Daniel se volvió.

Entonces comprendió por qué ningún documento describía el aspecto de la criatura.

No hacía falta.

Tenía su rostro.

Su mismo cabello.

Sus mismas manos.

Incluso aquella pequeña cicatriz bajo el ojo izquierdo que Daniel tenía desde niño.

La criatura sonrió.

—Cuatro siglos esperando que volvieras a casa.

Daniel miró a Clara.

—¿Qué es?

Ella lloraba.

—El primer Varela.

La criatura abrió la boca.

No había colmillos.

Había algo mucho peor.

Dentro de ella había otra boca.

Y después otra.

Como si generaciones enteras de rostros humanos estuvieran enterradas unas dentro de otras.

Arriba comenzaron a gritar los habitantes de Valdemora.

No de hambre.

De miedo.

Porque por primera vez en casi cuatrocientos años comprendieron la verdad.

Nunca habían estado alimentando a un vampiro.

Habían estado alimentando al fundador del pueblo.

Y el fundador acababa de recuperar al último miembro de su familia.

A la mañana siguiente, el cartel de la carretera seguía en su sitio. La niebla se levantó alrededor de las casas y las campanas sonaron a las ocho, como todos los días. La panadería abrió. Los niños caminaron hacia la escuela. Clara levantó las persianas de la pensión. Todo parecía exactamente igual.

Excepto por una cosa.

Alguien había pintado una cifra nueva sobre el viejo cartel.

VALDEMORA — FUNDADO EN 1649

POBLACIÓN: 88 HABITANTES.

Y aquella misma tarde, en la carretera que atravesaba el bosque, apareció un segundo cartel que nunca había estado allí.

Estaba colocado mirando hacia el exterior del valle.

Como si no estuviera destinado a quienes llegaban.

Sino a quienes intentaban marcharse.

Solo tenía escrita una frase:

BIENVENIDO A CASA.