Cuando Clara aceptó el turno de noche en el Hotel Mirador, lo primero que le llamó la atención no fue que el edificio llevara once años cerrado. Fue el silencio.
Desde que abandonó la carretera principal, apenas había escuchado el motor de su propio coche. La carretera que conducía hasta el hotel se internaba entre un bosque de pinos tan denso que, en algunos tramos, las ramas se tocaban por encima del vehículo formando una especie de túnel oscuro. Había llovido durante toda la tarde y el asfalto estaba cubierto de hojas mojadas que se pegaban a los neumáticos. De vez en cuando aparecía una pequeña casa entre los árboles, siempre con las ventanas cerradas y ninguna luz encendida.
El GPS había dejado de funcionar diez minutos antes.
En la pantalla del teléfono solo aparecía un círculo azul dando vueltas sobre un fondo gris.
Clara estuvo a punto de darse la vuelta.
Entonces vio el cartel.
Una flecha oxidada señalaba hacia un camino de grava.
HOTEL MIRADOR — 2 KM
Clara suspiró.
—Dos kilómetros más y me largo si esto es una mierda.
No sabía que aquella sería la última vez que pronunciaría esas palabras con absoluta normalidad.
El camino era mucho peor de lo que esperaba. Las ruedas patinaban sobre el barro y las ramas golpeaban el techo del coche. Cuando finalmente apareció el hotel entre los árboles, Clara redujo la velocidad.
Era enorme.
Mucho más grande de lo que mostraban las fotografías del anuncio.
El edificio tenía cuatro plantas, una fachada de piedra gris y grandes ventanales arqueados. Algunas partes estaban cubiertas de andamios, pero la estructura principal parecía intacta. Sobre la entrada colgaba un letrero metálico donde todavía podían distinguirse las letras:
MIRADOR
Varias bombillas del exterior estaban encendidas, aunque una de ellas parpadeaba continuamente.
Clara aparcó frente a la entrada.
Durante unos segundos permaneció dentro del coche.
No había nadie fuera.
Ni trabajadores.
Ni vehículos.
Ni siquiera se escuchaba el viento.
Cogió el teléfono.
Sin cobertura.
—Perfecto.
Antes de que pudiera abrir la puerta, la entrada principal del hotel se iluminó.
Una silueta apareció detrás del cristal.
Un hombre levantó una mano.
Clara bajó del coche.
—¿Clara?
—Sí.
El hombre abrió.
Era delgado, alto y bastante mayor. Llevaba el cabello completamente blanco y unas gafas redondas que se quitó para limpiarlas con un pañuelo.
—Ernesto.
—Encantada.
—Pasa. Estás empapada.
Clara entró.
El vestíbulo olía a madera antigua, polvo y humedad.
El suelo era de mármol, aunque muchas de las baldosas habían perdido el brillo. Había una chimenea enorme al fondo, rodeada por dos sillones de terciopelo verde y una mesa baja llena de periódicos viejos. En las paredes colgaban fotografías del hotel tomadas décadas atrás.
Clara dejó la bolsa junto a recepción.
—¿De verdad lleváis once años cerrados?
Ernesto sonrió.
—Once años, cuatro meses y dieciséis días.
Clara lo miró.
—¿Lo sabes exactamente?
—Hay cosas que uno no olvida.
Ernesto continuó caminando.
Clara lo siguió.
Detrás del mostrador había un viejo panel de madera lleno de pequeñas llaves metálicas.
La mayoría tenían números.
Hasta llegar a la segunda planta.
...
Después venía un espacio vacío.
Y luego:
Clara frunció el ceño.
—Falta una.
Ernesto se quedó quieto.
—¿Qué?
—La 217.
El viejo levantó lentamente la mirada hacia el panel.
—Ah.
—¿No existe?
—Sí existe.
—Entonces, ¿por qué no está la llave?
Ernesto tardó unos segundos en responder.
—Porque esa habitación no se utiliza.
Clara sonrió.
—¿Está en obras?
—No.
—¿Entonces?
Ernesto volvió a ponerse las gafas.
—Simplemente no se utiliza.
Clara esperó alguna explicación más.
No llegó.
—Vale.
Ernesto señaló la escalera.
—Ven. Te enseño dónde vas a trabajar.
La recepción estaba situada bajo una enorme lámpara de cristal cubierta de polvo. Había un escritorio antiguo, un teléfono negro con cable enrollado y un pequeño monitor conectado a las cámaras de seguridad.
—Las cámaras funcionan —explicó Ernesto—. Las plantas primera y segunda están abiertas para los trabajadores. La tercera y cuarta están cerradas.
—¿Y qué hago si entra alguien?
—Le preguntas quién es.
—¿Y si no lo sé?
—Entonces me llamas.
—¿Y si no contestas?
Ernesto la miró.
—Contestaré.
Clara sonrió.
—Eso ha sonado muy serio.
—Porque lo es.
Aquella fue la primera vez que Clara notó algo extraño en él.
No miedo.
Algo peor.
Precaución.
Como si estuviera siguiendo unas instrucciones que llevaba muchos años aprendidas.
Antes de marcharse, Ernesto le enseñó una pequeña habitación detrás de recepción.
Había un sofá, una cafetera, una nevera y una ventana desde la que se veía el aparcamiento.
—Puedes descansar aquí cuando no haya nada que hacer.
Sobre una mesa había un cuaderno negro.
—Aquí tienes teléfonos de emergencia, contactos de mantenimiento y las instrucciones del hotel.
Clara lo abrió.
Bomberos.
Policía.
Electricista.
Hospital.
Mantenimiento.
Después encontró una página en blanco.
Excepto por una frase escrita a mano.
SI SUENA EL TELÉFONO DE LA 217, NO CONTESTES.
Clara levantó la cabeza.
—¿Esto es una broma?
Ernesto no respondió.
—Ernesto.
El hombre estaba mirando el reloj de pared.
Las agujas marcaban las 3:17.
—¿Qué pasa con esa habitación?
—Nada.
—Entonces, ¿por qué no puedo contestar?
—Porque no es una llamada para ti.
Clara soltó una pequeña carcajada.
—Vale. Creo que este hotel necesita menos películas de terror.
Ernesto sonrió.
Pero no se rio.
—Buenas noches, Clara.
Y se marchó.
Durante la primera hora, Clara intentó convencerse de que había aceptado un trabajo perfectamente normal.
Encendió la cafetera.
Ordenó las llaves.
Revisó las cámaras.
Contestó dos llamadas de proveedores.
A las doce y media recibió un mensaje de su hermana Laura.
¿Qué tal el hotel de miedo?
Clara hizo una fotografía del vestíbulo y se la envió.
Más bonito de lo que pensaba. Aunque el dueño parece salido de una película.
Laura respondió:
No te quedes dormida.
Clara sonrió.
Guardó el teléfono.
A la una de la madrugada comenzó a llover con fuerza.
La lluvia golpeaba los ventanales del vestíbulo y el sonido se mezclaba con el viento que atravesaba las chimeneas antiguas del edificio.
Clara estaba detrás del mostrador leyendo cuando escuchó un ruido.
Un golpe.
Arriba.
Levantó la cabeza.
Esperó.
Otro golpe.
Esta vez más fuerte.
Miró las cámaras.
Los pasillos estaban vacíos.
Volvió a su libro.
Entonces escuchó algo arrastrándose.
Parecía una silla.
Un sonido lento.
Madera contra suelo.
Clara dejó el libro.
—¿Hola?
Nadie respondió.
Cogió una linterna.
Subió las escaleras.
El primer piso estaba completamente oscuro.
La iluminación provisional proyectaba sombras amarillentas sobre las paredes. El olor a pintura fresca era más intenso allí arriba.
Clara siguió hasta el segundo piso.
El pasillo estaba vacío.
Todas las puertas cerradas.
Al fondo, la 217.
No sabía cómo había llegado hasta allí sin darse cuenta.
La puerta tenía un aspecto diferente al resto.
Era más antigua.
Más oscura.
El número estaba grabado directamente en la madera.
Clara se acercó.
Entonces escuchó una voz.
—¿Clara?
La linterna tembló en su mano.
La voz había salido de detrás de la puerta.
Era una mujer.
—¿Clara?
Clara no respondió.
—Por favor.
La voz sonaba débil.
—Tengo frío.
Clara miró la puerta.
—¿Quién eres?
Silencio.
Después:
—Elena.
Clara retrocedió.
—¿Necesitas ayuda?
La respuesta tardó unos segundos.
—Sí.
Clara llevó la mano al pomo.
Entonces recordó el cuaderno.
SI SUENA EL TELÉFONO DE LA 217, NO CONTESTES.
Aquello no era el teléfono.
Era una persona.
Una persona pidiendo ayuda.
Giró lentamente el pomo.
No llegó a abrir.
Desde el interior llegó una segunda voz.
Esta vez era masculina.
Muy cerca de la puerta.
—No la escuches.
Clara soltó el pomo.
La voz de mujer comenzó a llorar.
—No le hagas caso.
La voz masculina volvió a hablar.
—Baja.
Clara bajó.
No corrió.
No quería que aquellas voces supieran que estaba asustada.
Pero cuando llegó a recepción, cerró la puerta y colocó una silla delante.
A las tres y cuarto miró el reloj.
Las agujas seguían avanzando.
3:15.
3:16.
3:17.
El teléfono negro comenzó a sonar.
Clara se quedó inmóvil.
Una vez.
Dos.
Tres.
No lo tocó.
El teléfono dejó de sonar.
Entonces empezó a sonar otra vez.
Pero esta vez el sonido procedía de arriba.
Del segundo piso.
Clara miró las cámaras.
La cámara del pasillo estaba llena de interferencias.
Durante unos segundos solo vio estática.
Después apareció una imagen.
La puerta 217.
Abierta.
Clara se acercó al monitor.
Dentro había una mujer.
Estaba de espaldas.
Llevaba un abrigo azul.
Tenía el pelo negro hasta los hombros.
La mujer se giró lentamente.
Miró directamente a la cámara.
Y dijo algo.
Clara subió el volumen.
La grabación reproducía una frase apenas audible.
—No soy yo la que está encerrada.
La imagen se apagó.
A las siete de la mañana, Ernesto llegó.
Clara no había dormido.
Le mostró la grabación.
El hombre no quiso verla.
—¿Quién es Elena?
Ernesto se sentó.
—¿Te dijo su nombre?
—Sí.
—Entonces ya te ha visto.
—¿Quién?
Ernesto cerró los ojos.
—Elena Varela.
Sacó un manojo de papeles de un cajón.
—Trabajó aquí en 1987.
Clara permaneció en silencio.
—Tenía veintinueve años. Era recepcionista nocturna.
—¿Y qué ocurrió?
Ernesto sacó un recorte de periódico.
JOVEN DESAPARECIDA EN EL HOTEL MIRADOR.
La fotografía mostraba una mujer joven.
Abrigo azul.
Pelo oscuro.
La misma mujer de la cámara.
—Desapareció durante su turno —dijo Ernesto.
—¿Nunca encontraron el cuerpo?
—Sí.
Clara lo miró.
—Entonces no desapareció.
—Encontraron su cuerpo tres días después.
—¿Dónde?
Ernesto levantó la mirada.
—En la habitación 217.
Clara sintió un escalofrío.
—Pero me dijiste que la habitación no se utiliza.
—Desde aquella noche.
Ernesto le entregó otro documento.
Era un plano antiguo del hotel.
La habitación 217 estaba dibujada al final del segundo piso.
Pero había algo extraño.
La habitación no tenía puerta hacia el pasillo.
Solo una ventana.
Clara miró el plano.
—¿Cómo se entraba?
Ernesto respondió:
—No se podía.
—Entonces, ¿cómo encontraron el cuerpo?
El viejo no respondió.
Clara volvió a mirar la fotografía.
Detrás de Elena aparecía el vestíbulo.
Y al fondo, el reloj.
3:17.
—¿Qué pasó exactamente?
Ernesto guardó los papeles.
—No necesitas saberlo.
—Yo creo que sí.
—No.
—Voy a seguir trabajando aquí.
Ernesto la miró.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Aquella tarde Clara conoció a Mateo.
Era el encargado de las obras.
Tenía treinta y pocos años, barba corta y una manera de hablar que hacía que incluso las cosas más absurdas parecieran normales.
—Así que tú eres la nueva.
—Eso parece.
Mateo dejó una caja de herramientas.
—¿Has visto la 217?
Clara lo miró.
—¿Todo el mundo sabe que existe?
—Todo el mundo que lleva suficiente tiempo aquí.
—¿Tú has entrado?
Mateo soltó una risa.
—Ni aunque me pagaran.
—¿Por qué?
Mateo señaló el techo.
—Porque la habitación no está donde debería.
Le explicó que durante las obras habían descubierto algo extraño.
Los planos antiguos mostraban un pasillo de nueve metros más largo que el actual.
—Derribamos una pared para ampliar una habitación —dijo— y detrás encontramos otra pared.
—¿Y?
—La derribamos también.
Clara esperó.
—Y detrás había otra habitación.
—¿La 217?
Mateo negó con la cabeza.
—No.
—¿Entonces?
—Un pasillo.
Clara sintió curiosidad.
—¿A dónde llevaba?
Mateo la miró.
—A la recepción.
Clara frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—Exactamente.
Aquella noche, Mateo se quedó hasta tarde.
Los dos cenaron en la pequeña cocina del hotel.
Él llevaba una pizza congelada.
Clara preparó café.
Por primera vez desde que había llegado, el edificio pareció menos amenazador.
Mateo le contó que había crecido en el pueblo.
Su padre había trabajado como jardinero del hotel antes de que cerrara.
—Mi padre decía que aquí nunca había pasado nada raro.
—¿Y tú le creías?
—No.
—¿Por qué?
Mateo sonrió.
—Porque mi padre era un mentiroso terrible.
Clara se rio.
Durante unos minutos hablaron de cosas normales.
Familia.
Trabajo.
Relaciones.
El tiempo.
Hasta que Mateo preguntó:
—¿Has escuchado el teléfono?
Clara dejó la taza.
—Sí.
—¿Y contestaste?
—No.
Mateo pareció aliviado.
—Bien.
—¿Por qué?
—Porque mi padre contestó una vez.
Clara esperó.
—¿Qué escuchó?
Mateo bajó la voz.
—Su propia voz.
A las tres y diecisiete, la luz del comedor se apagó.
Mateo y Clara se quedaron inmóviles.
Desde recepción llegó el sonido del teléfono.
Una llamada.
Después otra.
Mateo se levantó.
—No vayas.
—No pensaba hacerlo.
El teléfono dejó de sonar.
Entonces escucharon un golpe en el pasillo.
Después otro.
Y una voz.
—Mateo.
El rostro de Mateo cambió.
—No.
—¿Qué pasa?
—Esa voz...
—¿Quién es?
Mateo comenzó a retroceder.
—Mi padre.
La voz volvió a llamar.
—Mateo, abre.
El joven comenzó a llorar.
Clara nunca había visto a un adulto asustarse de aquella manera.
—Mi padre murió hace seis años.
La voz golpeó la puerta.
—Mateo.
Clara se acercó a él.
—No abras.
—No voy a hacerlo.
El golpe volvió a sonar.
Esta vez la puerta de la cocina tembló.
—Mateo.
El joven cerró los ojos.
—Quiere que le abra.
Clara miró el reloj.
3:17.
Entonces comprendió que el hotel no estaba llamando a las personas.
Estaba utilizando sus recuerdos.
Y si conocía los recuerdos de Mateo...
quizá también conocía los suyos.
La puerta dejó de moverse.
Silencio.
Mateo respiró.
—¿Se ha ido?
Clara no respondió.
Porque detrás de él, en el cristal de la ventana, había aparecido el reflejo de una mujer.
Abrigo azul.
Pelo oscuro.
Elena.
Clara se giró.
No había nadie.
Cuando volvió a mirar el cristal, Elena seguía allí.
Pero esta vez no miraba a Clara.
Miraba a Mateo.
Y movía los labios.
Clara se acercó.
—¿Qué está diciendo?
Mateo negó con la cabeza.
—No sé.
Clara observó con atención.
Elena volvió a mover los labios.
Esta vez Clara entendió.
NO CONFÍES EN ERNESTO.
A la mañana siguiente, Mateo desapareció.
Su coche seguía aparcado.
Su teléfono estaba sobre la mesa de la cocina.
Su chaqueta colgaba junto a la puerta.
Pero él no estaba.
Ernesto apareció a las siete.
Clara lo esperaba.
—¿Dónde está Mateo?
El viejo la miró.
—¿Quién?
—Mateo.
—No conozco a ningún Mateo.
Clara sintió un escalofrío.
—Ayer estaba aquí.
—No.
—Cenó conmigo.
—Clara, aquí no trabaja ningún Mateo.
Ella señaló el perchero.
La chaqueta seguía allí.
Ernesto miró la chaqueta.
Durante un instante pareció preocupado.
Después sonrió.
—Será de algún trabajador.
—No.
Clara retrocedió.
—Tú sabes qué está pasando.
Ernesto se acercó.
—No sigas buscando.
—¿Qué le has hecho?
—Nada.
—¡Entonces dime dónde está!
El viejo levantó la mano.
—Mateo nunca existió.
Clara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Yo hablé con él.
—Lo sé.
—Comí con él.
—Lo sé.
—Entonces, ¿cómo puedes decir que no existe?
Ernesto la miró con una tristeza profunda.
—Porque el hotel todavía no ha terminado de inventarlo.
Clara no entendió.
Y entonces vio algo detrás del viejo.
El reloj.
3:17.
Pero era de día.
Las agujas comenzaron a moverse.
Todo el hotel se quedó en silencio.
Ernesto susurró:
—Ya viene.
La puerta de recepción se abrió sola.
Detrás no estaba el vestíbulo.
Había un pasillo oscuro.
Largo.
Mucho más largo de lo que podía ser físicamente.
Al fondo estaba la puerta 217.
Y delante de ella había una mujer.
Elena.
Clara miró a Ernesto.
—¿Qué es este lugar?
El viejo respondió:
—La habitación que nunca construyeron.
—¿Y por qué existe?
—Porque alguien necesitaba un lugar donde esconder lo que había ocurrido.
Clara miró a Elena.
—¿Qué ocurrió?
Ernesto comenzó a llorar.
—Yo maté a Elena.
El silencio fue absoluto.
—¿Por qué?
—Porque descubrió lo que hacía el hotel.
—¿Qué hacía?
Ernesto miró hacia la puerta.
—El hotel no estaba embrujado.
—Eso ya lo sé.
—No.
El viejo negó.
—No lo entiendes.
Se acercó a Clara.
—El hotel conserva recuerdos de las personas que mueren dentro.
—¿Y?
—Los conserva durante años.
—¿Como fantasmas?
—Como posibilidades.
Clara no entendía.
Ernesto señaló el pasillo.
—Cuando Elena murió, el hotel creó una versión de ella que podía seguir hablando con nosotros.
—¿Y Mateo?
—Lo mismo.
Clara palideció.
—¿Mateo está muerto?
Ernesto bajó la mirada.
—Todavía no.
Clara sintió que se le helaba la sangre.
—¿Qué significa eso?
—Que el hotel está adelantándose.
Elena apareció detrás de Ernesto.
Esta vez Clara pudo verla claramente.
La mujer tenía lágrimas en los ojos.
—Clara —susurró—. No le creas.
Ernesto se giró.
No vio a nadie.
—¿Qué ocurre?
Clara dio un paso atrás.
—Ella está aquí.
Ernesto cerró los ojos.
—Entonces ya es demasiado tarde.
Elena levantó una mano.
Señaló el reloj.
3:17.
El pasillo comenzó a cambiar.
Las paredes se cubrieron de papel pintado antiguo.
Las luces modernas desaparecieron.
El suelo se volvió de madera.
El hotel estaba retrocediendo en el tiempo.
Clara vio personas caminando.
Huéspedes.
Trabajadores.
Recepcionistas.
Y entre ellos apareció Mateo.
Estaba vivo.
Pero llevaba la ropa que había usado durante la cena.
Clara corrió hacia él.
—¡Mateo!
Él la miró.
—¿Qué haces aquí?
—Tenemos que salir.
—¿Salir de dónde?
Clara miró alrededor.
El hotel estaba lleno.
Pero nadie parecía verla.
Mateo sí.
—¿Qué está pasando?
Clara lo agarró del brazo.
—No sé.
Entonces apareció Ernesto.
Pero mucho más joven.
Llevaba una llave en la mano.
La llave de la 217.
Se acercó a Mateo.
—Ya es tu turno.
Clara comprendió.
El hotel estaba repitiendo la misma noche.
Una y otra vez.
Elena.
Después otros.
Después Mateo.
Después ella.
Pero faltaba algo.
Clara miró el reflejo de una ventana.
Ella no aparecía.
Mateo tampoco.
Solo aparecían Elena y Ernesto.
Entonces comprendió la verdad.
No estaban viendo recuerdos.
Estaban viendo el futuro.
Y la razón por la que Mateo había desaparecido era porque el hotel ya había decidido que sería el siguiente.
Clara agarró la llave de las manos del joven Ernesto.
El hotel comenzó a temblar.
Las paredes se agrietaron.
Las fotografías cayeron al suelo.
El reloj marcó 3:18.
Elena apareció delante de Clara.
—No puedes destruirlo.
—Entonces, ¿qué hago?
—Dale a alguien la llave.
Clara entendió.
—¿A quién?
Elena señaló a Ernesto.
El anciano estaba llorando.
—A él.
Clara miró al hombre.
—Él empezó todo.
—Sí.
—Él te mató.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué?
Elena respondió:
—Porque alguien tiene que recordar.
Clara miró la llave.
Después miró a Ernesto.
Y comprendió finalmente cuál era la verdadera maldición.
No era morir en el hotel.
Era ser olvidado.
Cada vez que alguien desaparecía, Ernesto fingía que nunca había existido.
Así el hotel podía conservarlo.
Sin familiares que lo buscaran.
Sin fotografías.
Sin nombres.
Sin pasado.
Por eso Mateo había desaparecido.
Por eso nadie recordaba a los anteriores recepcionistas.
Por eso Elena seguía allí.
Clara levantó la llave.
—Entonces voy a hacer que todos recuerden.
Abrió la puerta de la 217.
Dentro no había una habitación.
Había cientos.
Cientos de habitaciones idénticas.
Y en cada una había una persona.
Recepcionistas.
Trabajadores.
Huéspedes.
Todos los que habían desaparecido.
Todos esperando.
Clara comenzó a decir sus nombres.
Uno por uno.
Elena Varela.
Mateo.
Y otros nombres que encontró escritos en las paredes.
El hotel comenzó a crujir.
Las ventanas estallaron.
Las lámparas se balancearon.
Las fotografías empezaron a caer.
Ernesto gritó:
—¡No!
Clara siguió.
Cada nombre que pronunciaba hacía desaparecer una habitación.
Hasta que solo quedó Elena.
Ella sonrió.
—Gracias.
Y desapareció.
El reloj marcó las 3:18.
Por primera vez en décadas.
Después marcó las 3:19.
Y el hotel quedó completamente en silencio.
Cuando Clara abrió los ojos, estaba sentada detrás del mostrador.
Era de día.
Mateo estaba a su lado.
Vivo.
Confundido.
—¿Qué ha pasado?
Clara lo miró.
No sabía cómo explicarlo.
Frente a ellos había una caja de cartón.
Dentro estaban las fotografías de todas las personas que habían desaparecido.
Y encima de la caja había una llave.
La de la 217.
Clara la cogió.
Ya no era metálica.
Era de madera.
Y llevaba grabado un nombre.
CLARA.
Mateo la miró.
—¿Qué significa?
Clara negó con la cabeza.
—No lo sé.
Entonces escucharon un ruido detrás de ellos.
El teléfono negro comenzó a sonar.
Una vez.
Dos.
Tres.
Mateo miró a Clara.
—¿Vas a contestar?
Clara observó el reloj.
Las agujas estaban detenidas.
Ya no marcaban las 3:17.
Marcaban las 3:19.
Clara sonrió.
—No.
El teléfono dejó de sonar.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Hasta que una voz llegó desde el piso superior.
Una voz infantil.
—Clara...
Ella levantó lentamente la cabeza.
Mateo se puso de pie.
—¿Has oído eso?
Clara asintió.
La voz volvió a llamar.
—Clara, ¿puedes abrirme?
Mateo miró hacia la escalera.
—¿Quién es?
Clara apretó la llave entre los dedos.
Y entonces comprendió que todavía no había terminado.
Porque el hotel no había desaparecido.
Solo había aprendido algo nuevo.
Ya no necesitaba una habitación.
Ya no necesitaba una puerta.
Ahora tenía un nombre.
Y desde el piso superior llegó una última frase:
—Esta vez, Clara, no queremos que trabajes aquí. Queremos que seas la dueña.