Lucía Salgado había aprendido a decir que era madrileña mucho antes de comprender por qué su padre parecía necesitar que lo fuera. Había nacido en Tlaxcala treinta y dos años atrás, pero solo había vivido en México hasta los cinco, demasiado poco para conservar una infancia completa y demasiado para no guardar fragmentos que aparecían sin avisar. Recordaba un patio de tierra oscura después de la lluvia, una cocina donde siempre parecía haber algo hirviendo, el sonido lejano de unas campanas y unas manos femeninas dividiéndole el cabello en dos mientras una voz canturreaba una melodía que nunca había conseguido reconstruir. Había también otro recuerdo, mucho menos amable: una noche en la que algo golpeaba el tejado y su padre permanecía sentado junto a su cama, completamente vestido, sin apartar los ojos de la ventana. Cada vez que Lucía intentaba situar aquellas imágenes en algún lugar concreto, Rafael las reducía a fantasías infantiles. México pertenecía al pasado. Su madre, Elena, también. «Murió cuando eras pequeña», era cuanto había conseguido arrancarle durante casi tres décadas. No había tumba que Lucía hubiera visitado, ni familiares mexicanos con los que mantuvieran contacto, ni álbumes. Solamente una fotografía de Elena sosteniéndola siendo un bebé, tomada delante de una casa blanca bajo un sol tan intenso que la mitad del rostro de su madre quedaba oculto por la sombra.

La posibilidad de regresar apareció de la forma menos extraordinaria posible. Álvaro, su marido, llegó una tarde de abril a su piso de Alcalá de Henares con el portátil todavía bajo el brazo y anunció que su empresa quería enviarlo seis meses a México. Era ingeniero industrial y llevaba casi un año trabajando en la automatización de una nueva línea de producción; la fase final exigía que alguien del equipo español supervisara personalmente la puesta en marcha. La empresa pagaría vivienda, coche, seguro médico y un sueldo lo bastante alto como para que negarse requiriera una razón poderosa. Lucía tenía una: estaba embarazada de siete meses. Álvaro dio por hecho que rechazarían la oferta, pero fue ella quien abrió el mapa aquella noche. La planta estaba cerca de Apizaco y la casa proporcionada por la compañía en una pequeña comunidad al oriente del estado. Lucía buscó después el nombre que aparecía en su partida de nacimiento y amplió la pantalla hasta quedarse mirando dos puntos separados por menos de veinte kilómetros. «Yo nací aquí», dijo. Álvaro se acercó pensando que exageraba. No lo hacía. Por primera vez en muchos años, la parte mexicana de su vida dejaba de ser una fotografía en una caja y se convertía en un lugar al que podía llegar en coche.

Rafael reaccionó cuando se lo contaron de una forma que Lucía no esperaba. No protestó por el embarazo ni preguntó por hospitales; quiso saber la dirección exacta. Cuando ella se la dio, permaneció en silencio tanto tiempo que tuvo que comprobar que la llamada seguía conectada. Después le pidió que buscaran otra casa. «¿Por qué?», preguntó Lucía. Rafael contestó que estaría mejor en una ciudad, que los pueblos eran incómodos, que con un bebé a punto de nacer necesitaba servicios cerca. Ninguno de los argumentos se sostenía: el hospital privado estaba a veinte minutos, Álvaro dispondría de coche y la vivienda era incluso mejor que otras ofrecidas en Puebla. Lucía terminó perdiendo la paciencia. «Llevo veintisiete años oyendo que México no importa y ahora resulta que te preocupa hasta en qué calle voy a dormir.» Rafael no respondió a eso. Antes de colgar solo añadió una cosa: «Si alguien reconoce tu apellido, no preguntes por tu madre». Lucía sintió regresar una irritación muy antigua. «¿Y si quiero hacerlo?» Su padre bajó la voz. «Entonces procura no creer todo lo que te cuenten.»

Llegaron a finales de mayo, cuando el embarazo de Lucía comenzaba a notarse en cada movimiento. La casa estaba mejor de lo previsto: una construcción baja de paredes claras, reformada por dentro, con un pequeño jardín trasero y un muro de piedra que parecía bastante más antiguo que el resto. Los electrodomésticos eran nuevos, había fibra óptica y sensores en puertas y ventanas, pero se habían conservado las vigas de madera y el tejado de tejas oscuras. Desde el dormitorio podía verse La Malinche dominando el horizonte. Durante el día la zona tenía movimiento, tráfico, comercios y niños saliendo de la escuela; de madrugada, las mismas carreteras se convertían en franjas negras que atravesaban campos silenciosos. Lucía se sorprendió buscando reconocimiento en los olores, las palabras y los sonidos. No encontró ninguno inmediato. Era mexicana en todos sus documentos y extranjera en casi cada gesto. Su acento madrileño provocaba sonrisas, algunas expresiones se le escapaban y las primeras veces que entró en una tienda tuvo que preguntar nombres de cosas que los demás daban por supuestos. Álvaro disfrutaba de aquello. «Has venido a reconectar con tus raíces y no sabes pedir el desayuno.» Lucía contestaba que era mexicana de fabricación y española de mantenimiento.

La primera persona que pareció reconocer algo más que su apellido fue Marisol Ortega. Se presentó una tarde con una cazuela cubierta por un paño y una bolsa de pan dulce. Rondaría los cincuenta y muchos, tenía el cabello todavía muy negro salvo por algunas hebras grises y poseía esa facilidad para hablar con desconocidos que Lucía envidiaba. Regentaba una pequeña farmacia a unas calles de allí y había escuchado que una pareja española se había instalado temporalmente en la casa. «Después me dijeron que ella se apellidaba Salgado y pensé que ya era demasiada casualidad.» Cuando Lucía mencionó a Elena, Marisol no preguntó quién era. Su expresión cambió apenas un segundo antes de responder que la había conocido muy bien. «¿Cómo era?», preguntó Lucía, consciente de que estaba haciendo exactamente lo que su padre había pedido que evitara. Marisol sonrió con tristeza. «Más impaciente que tú, por lo que veo. Muy guapa. Y orgullosa como pocas.» Lucía quiso saber cómo había muerto. Marisol desvió los ojos hacia el embarazo. «Hay recuerdos que después de tantos años ya no sabes si pertenecen a quien los cuenta o a quien los sufrió.» Luego preguntó si esperaban niño o niña. Al saber que se llamaría Vera, estiró la mano hacia el vientre, pero se detuvo antes de tocarlo. «Entonces cuídala mucho», murmuró. Aquello habría sido una frase completamente normal de no haberla pronunciado mirando hacia la ventana.

Jacinta Vázquez era todo lo contrario. Vivía tres casas más abajo, tendría más de setenta años y hablaba únicamente cuando consideraba que existía una razón para hacerlo. Había trabajado durante décadas como partera y auxiliar sanitaria antes de retirarse, y algunos vecinos seguían llamándola cuando una mujer embarazada necesitaba consejo. Lucía la encontró una mañana regando unas macetas frente a su casa. Bastó decirle su nombre para que la anciana dejara la manguera. «¿Salgado? ¿Hija de Elena?» Lucía empezó a preguntarse cuántas personas iban a reaccionar de la misma manera. Jacinta la estudió de arriba abajo y se detuvo en su vientre. «¿Cuánto te falta?» «Un mes y medio.» La mujer negó lentamente con la cabeza. «Deberías haber esperado.» Lucía sonrió, incómoda. «Mi padre dijo algo parecido.» Jacinta respondió que Rafael había aprendido a tener miedo demasiado tarde. Antes de que Lucía pudiera preguntarle qué significaba, la anciana señaló la ventana del dormitorio. «Cuando nazca la niña, no pongas la cuna cerca de ahí.» Lucía explicó que la vivienda tenía alarma. Jacinta ni siquiera miró el sensor. «No estoy hablando de ladrones.»

A Álvaro todo aquello le pareció una mezcla entre superstición rural y fascinación por la hija que había regresado después de treinta años. Nunca ridiculizaba a Lucía, pero necesitaba que las cosas tuvieran una explicación y, cuando no la encontraba, prefería esperar antes de inventarla. Era precisamente una de las razones por las que ella lo había elegido como compañero: equilibraba su tendencia a dejarse arrastrar por intuiciones. La primera noche en que escucharon algo sobre el tejado, Álvaro buscó una explicación antes incluso de levantarse de la cama. Eran las dos y cuarto. Lucía estaba despierta porque Vera, todavía dentro de ella, parecía haber decidido utilizar su vejiga como almohada. El primer golpe fue seco y pesado. Después llegó otro unos metros más allá y un ruido de uñas o garras arrastrándose sobre las tejas. Lucía despertó a su marido. Álvaro escuchó en silencio hasta que un batir de alas hizo vibrar ligeramente el cristal. Aquello ya no sonó como un gato. Encendieron la iluminación exterior y él recorrió el patio con una linterna. No encontró ningún animal, pero por la mañana había una teja rota junto al muro y tres plumas negras de tamaño considerable. Lucía las fotografió antes de tirarlas.

Marisol vio la fotografía aquel mismo día. Había pasado por casa para llevarles unas vitaminas que Lucía había encargado en la farmacia. Durante unos segundos observó la pantalla sin hablar. «¿Dónde las encontraste?» Lucía explicó lo ocurrido y la mujer preguntó inmediatamente si se lo había contado a Jacinta. «Todavía no.» Marisol pareció aliviada. «Mejor. Esa mujer ha vivido demasiado tiempo entre historias antiguas.» Fue precisamente Jacinta quien encontró otra pluma dos días después junto a la entrada. No pareció sorprendida. La sostuvo por el extremo, la examinó y pronunció una palabra que Lucía no entendió a la primera. «Tlahuelpuchi.» Cuando Lucía le pidió que explicara, Jacinta miró alrededor antes de hacerlo. Habló de una creencia especialmente arraigada en Tlaxcala: personas, casi siempre mujeres en los relatos, que durante el día podían vivir como cualquier otra y por la noche adoptaban formas animales para buscar niños pequeños. Algunas historias hablaban de grandes aves oscuras, otras de guajolotes de tamaño imposible, perros o luces moviéndose sobre los campos. Lo que todas tenían en común era el hambre. Entraban en las casas y bebían la sangre de los bebés. «Eso es una leyenda», dijo Lucía. Jacinta asintió con una tranquilidad desconcertante. «Claro. Y ojalá siga siéndolo para ti.»

Aquella noche Lucía buscó el término en Internet. Encontró artículos, vídeos, testimonios y páginas que mezclaban historia, superstición y relatos familiares. Cuanto más leía, más evidente le resultaba que no estaba ante una criatura inventada recientemente para turistas, sino frente a una tradición que llevaba generaciones circulando por Tlaxcala. Había versiones contradictorias, como ocurría con cualquier leyenda transmitida oralmente, pero se repetían elementos: la transformación nocturna, la presencia de aves inusualmente grandes, los ataques a bebés y la facilidad con la que la supuesta Tlahuelpuchi podía llevar una vida ordinaria entre sus vecinos. Álvaro la encontró pasada la medianoche con una docena de pestañas abiertas. «Estás alimentando justo lo que Jacinta quería meterte en la cabeza.» Lucía cerró el portátil. No creía que una bruja fuera a entrar volando por la ventana. Lo que le molestaba era otra cosa: su padre había tenido una reacción desproporcionada antes de que ninguna de aquellas personas mencionara una sola leyenda. Rafael conocía algo. Y no se lo estaba contando.

Las últimas semanas de embarazo borraron temporalmente aquellas preguntas. Lucía se cansaba con facilidad, Álvaro tenía jornadas cada vez más largas en la planta y la vida empezó a organizarse alrededor de consultas médicas y preparativos. Marisol se volvió una presencia habitual. No resultaba invasiva; aparecía con comida, medicamentos o información práctica y se marchaba antes de que su ayuda comenzara a parecer una obligación. Había algo en ella que producía a Lucía una familiaridad difícil de explicar. Una tarde, mientras ambas doblaban unas mantas, Marisol comenzó a tararear distraídamente. Lucía dejó de mover las manos. Era la melodía de sus recuerdos, la canción que una mujer cantaba mientras le cepillaba el pelo. «¿Qué es eso?» Marisol tardó demasiado en contestar. Después dijo que era una canción vieja que mucha gente conocía. Lucía no quedó convencida, pero antes de poder insistir sintió una contracción tan fuerte que ambas conversaciones, la del presente y la de treinta años atrás, quedaron interrumpidas.

Vera nació doce días antes de la fecha prevista, después de una noche de tormenta que hizo que el trayecto al hospital pareciera bastante más largo de veinte minutos. El parto duró siete horas. Álvaro intentó mantener el control hasta que escuchó llorar a su hija y entonces perdió cualquier dignidad que hubiera pensado conservar. Vera pesó dos kilos setecientos gramos, tenía una mata de cabello oscuro y unos dedos sorprendentemente largos. Lucía permaneció varias horas mirándola con una intensidad que le resultaba nueva y casi dolorosa. La idea de que pudiera sucederle algo dejó de ser un pensamiento abstracto. Entendió de repente el tipo de miedo capaz de hacer que una persona mintiera, huyera o construyera una vida entera lejos de un lugar. Pensó en Rafael y, por primera vez, sospechó que quizá había juzgado demasiado rápido alguno de sus silencios.

Marisol fue a visitarlas al día siguiente. Llevó flores, una manta bordada y permaneció junto a la cuna transparente observando a Vera. «Es igual que tú», dijo. Lucía levantó la cabeza. «¿Cómo sabes cómo era yo de recién nacida?» Marisol parpadeó y corrigió inmediatamente: había querido decir que se parecía a ella ahora. La explicación era razonable, pero Lucía volvió a notar esa pequeña sensación de algo desajustado. Antes de marcharse, Marisol rozó con dos dedos la manta y susurró unas palabras que Lucía no llegó a entender. Cuando preguntó qué había dicho, respondió simplemente: «Que crezca fuerte.»

Regresaron a casa cuatro días después. Jacinta vio el coche llegar desde el otro lado de la calle y no cruzó a conocer a la niña. Se limitó a saludar desde lejos y a señalar dos veces hacia la ventana del dormitorio. Lucía recordó la advertencia y desplazó la cuna hasta la pared opuesta. Álvaro se rio cuando la vio hacerlo, pero no discutió. Los siguientes veinte días fueron agotadores y completamente normales. Vera dormía cuando quería, comía con un horario que parecía diseñado para destruir adultos y había desarrollado una habilidad asombrosa para despertarse segundos después de que sus padres cerraran los ojos. Lucía casi consiguió avergonzarse del miedo que había sentido durante el embarazo.

La primera señal apareció una mañana mientras cambiaba a Vera. Había dos pequeñas marcas en la cara interior del muslo, separadas pocos milímetros. Parecían picaduras. No había inflamación importante y la niña no protestaba al tocarlas, así que Lucía decidió observarlas. A media tarde empezó a preocuparle otra cosa: Vera estaba demasiado tranquila. Costaba despertarla para comer y tenía los labios algo más pálidos. En el hospital le hicieron una analítica y confirmaron una anemia leve. La pediatra explicó que podían existir varias causas y programó controles. Las marcas le parecieron compatibles con algún insecto. Lucía aceptó la explicación hasta que aquella noche, al agacharse para recoger un chupete, vio una pluma negra bajo la cuna.

No llamó a Jacinta. Tampoco a Marisol. Esa vez se lo enseñó directamente a Álvaro. Él permaneció varios segundos observándola sobre la mesa y después inspeccionó la habitación completa. Revisó la mosquitera, las ventanas, los sensores y hasta la rejilla del aire acondicionado. No encontró ningún punto de entrada. Al día siguiente compraron dos cámaras domésticas con visión nocturna: una quedó enfocada hacia la cuna y otra cubría la ventana y la puerta. Álvaro instaló además un sensor adicional en el exterior y comprobó que todas las alertas llegaran al teléfono. «No porque crea en nada», aclaró, «sino porque si hay un animal entrando quiero saber por dónde.» Lucía agradeció que no utilizara la palabra superstición.

Las dos primeras noches fueron tranquilas. La tercera, a las 3:16, el teléfono de Lucía vibró sobre la mesilla. La notificación decía MOVIMIENTO DETECTADO. Abrió la aplicación sin levantarse todavía. La imagen en blanco y negro mostraba a Vera dormida boca arriba. La puerta seguía cerrada. Durante varios segundos no ocurrió nada y Lucía comenzó a pensar que una sombra había activado el sensor. Entonces una masa oscura descendió lentamente por el exterior de la ventana. Primero ocupó una esquina de la imagen y después casi todo el cristal. No podía calcular su tamaño porque estaba demasiado cerca de la cámara, pero distinguió con claridad lo que parecía un ala plegándose contra un cuerpo voluminoso. La imagen se distorsionó. Los píxeles se congelaron durante dos segundos. Cuando la señal regresó, la ventana volvía a estar despejada.

Y había una mujer dentro de la habitación.

Lucía no comprendió lo que veía. La puerta continuaba cerrada en la otra cámara. El sensor de la ventana no había enviado ninguna alerta. La figura estaba de espaldas, inclinada sobre la cuna, con el cabello largo cayéndole hacia delante. Lucía gritó el nombre de Vera y salió corriendo. Álvaro despertó detrás de ella. Desde el dormitorio hasta la habitación de la niña había menos de ocho metros, pero Lucía recordaría aquel pasillo como algo interminable. Cuando abrió la puerta no encontró a nadie. La ventana estaba cerrada, la mosquitera intacta y el sensor mostraba luz verde. Vera lloraba con una desesperación que nunca habían escuchado. Lucía la levantó y vio dos gotas de sangre deslizándose desde unas heridas diminutas bajo la oreja.

Álvaro reprodujo el vídeo una vez. Después otra. A la tercera dejó de buscar defectos de compresión o reflejos. Midió el tiempo entre la interferencia y la aparición de la mujer. Menos de dos segundos. Revisó la otra cámara: nadie había utilizado la puerta. «Nos vamos», dijo sin apartar la mirada de la pantalla. Lucía estaba ya marcando el número de su padre.

En España eran más de las diez de la mañana. Rafael respondió casi inmediatamente. Lucía no lo saludó. Le explicó las marcas, la anemia, las plumas y finalmente la grabación. Al mencionar a la mujer junto a la cuna, su padre dejó de hacer preguntas. «Salid de ahí ahora mismo.» Lucía sintió crecer una furia que llevaba acumulando desde la infancia. «No hasta que me cuentes por qué sabes de qué estoy hablando.» Rafael intentó negarse. Ella puso el teléfono en altavoz y le dijo que tenía a su nieta sangrando en brazos. Aquello rompió algo. Durante unos segundos solo escucharon la respiración del hombre. Después comenzó a hablar.

Lucía había tenido un hermano.

Se llamaba Gabriel y nació cuando ella tenía cuatro años. Rafael describió un bebé tranquilo, de cabello oscuro, al que Lucía perseguía por la casa intentando colocarle juguetes dentro de la cuna. A los siete meses empezó a amanecer inexplicablemente débil. Primero pensaron en una infección. Después aparecieron las marcas. Elena comenzó a decir que algo entraba por las noches. Habló de plumas, ruidos sobre el tejado y de una Tlahuelpuchi. Rafael creyó que el miedo estaba afectándola. Una mañana encontró a Gabriel muerto. La autopsia no dio a la familia una explicación que consiguiera satisfacerla. Había perdido sangre, pero nadie supo explicar cómo.

«¿Qué tiene que ver mamá?», preguntó Lucía. Rafael tardó en contestar. Después de la muerte de Gabriel, Elena cambió. Desaparecía algunas noches durante horas y regresaba antes del amanecer. Rafael pensó primero que estaba perdiendo la razón. Una madrugada la siguió. La vio caminar hasta un terreno situado fuera del pueblo. Desde la distancia observó algo que había intentado convencerse durante treinta años de haber imaginado: Elena se quitó parte de la ropa, comenzó a realizar movimientos que él no entendió y, poco después, donde había estado su esposa apareció una forma animal oscura que levantó el vuelo. Rafael no supo describir la transformación sin que su propia voz sonara absurda. Solo sabía lo que había visto.

Lucía escuchaba sin pestañear. «¿Mamá mató a Gabriel?» Rafael comenzó a llorar. «No lo sé.» Esa respuesta la sorprendió más que un sí. Elena negaba haberle hecho daño. Aseguraba que existía otra Tlahuelpuchi y que ella estaba intentando encontrarla. Rafael quería creerla, pero una noche despertó y encontró a Elena de pie junto a la cama de Lucía. No estaba tocándola. Simplemente la observaba. Tenía sangre seca en la comisura de los labios. A la mañana siguiente, Rafael metió algunos documentos y ropa en un coche, se llevó a su hija y abandonó el estado. Meses después consiguió trasladarse a España. Nunca volvió a convivir con Elena. Durante algún tiempo recibió mensajes y cartas en los que ella juraba que no había matado a Gabriel y le pedía ver a Lucía. Después dejaron de llegar. Rafael terminó diciéndole a su hija que su madre había muerto porque, según confesó con la voz rota, le parecía menos cruel que contarle que quizá seguía viva y que él había huido de ella.

Lucía colgó sin despedirse. Durante varios minutos nadie habló. Álvaro fue el primero en ordenar lo inmediato: reservarían una habitación en Puebla, pasarían allí la noche y al día siguiente decidirían si regresaban directamente a España. No tenía sentido permanecer en aquella casa ni esperar a saber si la mujer de la grabación volvía. Lucía aceptó. Mientras preparaban las cosas, pensó en todas las personas que había conocido desde su llegada y, sobre todo, en una. Marisol había conocido a Elena. Sabía cómo había sido Lucía de pequeña. Conocía la canción de sus recuerdos. Sabía que esperaba una niña antes de que se lo dijera. De pronto, cada gesto amable parecía tener una segunda interpretación.

Fue a la farmacia sin Vera. Álvaro se quedó en casa con la niña y le hizo prometer que regresaría en diez minutos. Marisol estaba sola detrás del mostrador. Al ver entrar a Lucía, supo inmediatamente que algo había ocurrido. «Tu padre habló», dijo antes de que ella formulara ninguna pregunta. Lucía sintió que el estómago se le cerraba. «¿Cómo sabes eso?» Marisol cerró la puerta del establecimiento y bajó parcialmente la persiana. Durante unos segundos pareció buscar una versión de la historia que todavía pudiera sostenerse. Finalmente sacó de un cajón una fotografía antigua. Aparecían tres jóvenes delante de una casa. Lucía reconoció a Elena en el centro. A su lado estaba Marisol, mucho más joven. «Tu madre y yo éramos familia», explicó. «Primas. Crecimos prácticamente juntas.»

Lucía cogió la fotografía. Había algo desconcertante en ella. La joven identificada como Marisol tenía el rostro más ancho y el cabello rizado. La mujer que estaba delante de Lucía no se parecía demasiado. Elena, en cambio, tenía la misma forma de los ojos, la misma inclinación de la boca y una pequeña cicatriz curva cerca de la muñeca derecha. Lucía bajó lentamente la fotografía y miró la mano de Marisol. La cicatriz estaba allí.

Marisol comprendió el instante exacto en que había cometido el error.

Lucía retrocedió.

—¿Quién eres?

La mujer no respondió.

—¿Quién eres?

Marisol cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, había desaparecido de su rostro aquella cordialidad que Lucía había conocido durante semanas. No se volvió monstruosa; fue algo mucho más inquietante. Simplemente dejó de interpretar un papel.

—Me llamaba Elena.

Lucía sintió que la farmacia se alejaba alrededor de ella.

Su madre estaba delante.

Había envejecido, había adelgazado y llevaba décadas utilizando otro nombre, pero una vez descubierta la semejanza resultaba imposible dejar de verla. Lucía pensó en la fotografía guardada en España, en aquellas manos peinándole el cabello, en la canción. Elena no intentó acercarse. «No quería que lo descubrieras así.» Lucía soltó una risa seca, casi histérica. «¿Cómo querías que lo descubriera? ¿Después de sangrar a mi hija?» La mujer negó lentamente. «Yo no he tocado a Vera.»

Lucía recordó las palabras de su padre. Las plumas. La mujer junto a la cuna. «Te vio transformarte.» Elena no lo negó. «Sí.» «Gabriel murió.» «Sí.» «Y tú estabas junto a mi cama con sangre.» Elena respiró hondo. «Sí.» Cada respuesta destruía una posible excusa. Sin embargo, cuando Lucía preguntó si había matado a Gabriel, Elena sostuvo su mirada. «No.»

Le contó una versión distinta de la misma historia. Elena había descubierto lo que era durante la adolescencia. No lo había elegido y durante años había tratado de contener aquello que aparecía con las noches, el hambre y la transformación. No intentó presentarse como víctima inocente: admitió haber atacado niños antes de casarse con Rafael. Admitió haber llevado una existencia que, dicha en voz alta, no permitía absolución. Pero aseguró que al quedar embarazada había intentado detenerse. Durante años lo consiguió. La muerte de Gabriel no había sido obra suya. Otra Tlahuelpuchi vivía en la zona y sabía exactamente lo que Elena era. La muerte de su hijo había sido un ataque y también una advertencia. Elena salió por las noches buscando a la responsable. Rafael la siguió una de esas noches y vio su transformación. La sangre junto a la cama de Lucía pertenecía a un animal que Elena había matado horas antes; había entrado a comprobar que su hija continuaba allí. Rafael, aterrorizado, interpretó lo que vio y huyó antes de escucharla.

Lucía no sabía qué creer. La mujer que tenía delante acababa de confesar que había bebido sangre de niños y pretendía, al mismo tiempo, que confiara en que no quería la de su nieta. «¿Por qué has aparecido ahora?» Elena respondió que no había aparecido. Llevaba once años viviendo nuevamente en aquella región bajo otro apellido. Había aprendido de la peor manera que no podía recuperar a su hija y había terminado aceptando una vida a distancia. La casualidad quiso que Lucía regresara a pocos kilómetros de ella. «Cuando escuché tu apellido pensé que era imposible. Después te vi embarazada.» «Y te acercaste.» Elena asintió. «Porque eres mi hija.» «No. Te acercaste porque iba a tener un bebé.» Aquella acusación produjo en el rostro de Elena un dolor tan real que durante un instante Lucía volvió a ver a la mujer de la fotografía.

La discusión terminó cuando el teléfono de Lucía sonó. Álvaro.

Vera había vuelto a sangrar.

Lucía salió corriendo.

La niña tenía dos nuevas marcas, esta vez en el hombro. Álvaro juraba no haberla dejado sola ni un minuto. Había estado preparando el biberón con la cuna portátil colocada en la cocina, a menos de tres metros. No había escuchado nada. La cámara exterior, sin embargo, había registrado durante nueve segundos una enorme forma oscura sobre el muro trasero. Elena llegó pocos minutos después y se detuvo antes de entrar. Miró la grabación y su rostro perdió completamente el color.

—No soy yo.

Álvaro se colocó entre ella y Vera.

—No vas a acercarte.

Elena ni siquiera discutió.

—Sacadla de aquí.

Aquello era exactamente lo que pretendían hacer. Metieron las maletas en el coche, envolvieron a Vera y se dirigieron hacia Puebla antes del anochecer. Elena no los acompañó. Lucía no se despidió de ella. Durante el trayecto, mientras observaba los campos desaparecer por la ventanilla, sintió algo parecido a la pérdida de una madre por segunda vez, solo que en aquella ocasión ni siquiera sabía qué parte de lo perdido había sido real.

Jacinta llamó cuando llevaban veinte minutos de carretera.

Lucía estuvo a punto de no responder.

La anciana no preguntó dónde estaban. «¿Has hablado con Elena?» Lucía se quedó inmóvil. «¿Tú también sabías que Marisol era ella?» Jacinta contestó que sí. «Entonces ¿por qué no me lo dijiste?» La respuesta llegó después de una pausa. «Porque no era a ella a quien tenías que vigilar.»

Lucía miró a Álvaro.

—¿A quién?

La línea quedó en silencio.

Después Jacinta pronunció una frase que Lucía tardaría mucho tiempo en olvidar.

—A quien consigue que mires hacia otro lado.

La llamada se cortó.

Álvaro intentó devolverla. No hubo respuesta.

Llegaron a un hotel moderno en Puebla poco antes de las nueve de la noche. Eligieron deliberadamente una habitación en la quinta planta, sin balcones y con ventanas que no podían abrirse. Álvaro pidió una cuna, pero Lucía decidió mantener a Vera con ellos. Cenaron dentro de la habitación y dejaron las luces encendidas. En otras circunstancias habrían reconocido lo absurdo de pensar que cinco pisos de altura podían protegerlos de algo que, según las historias, podía volar, pero necesitaban sentir que al menos habían hecho algo.

A las 2:52, Vera se despertó.

No lloró.

Eso fue lo primero que llamó la atención de Lucía.

La niña estaba mirando hacia la ventana.

Lucía siguió la dirección de sus ojos y al principio solo vio su propio reflejo en el cristal. Después distinguió una silueta oscura adherida al exterior del edificio.

Estaban en una quinta planta.

La forma comenzó a desplazarse lentamente sobre el cristal.

Álvaro despertó cuando Lucía encendió todas las luces. La figura se separó de la ventana y durante un instante pudieron verla suspendida en el aire: un ave negra de proporciones imposibles, más grande que un perro grande, con alas anchas y una cabeza que no terminaba de parecer la de ningún animal reconocible. Dio un golpe contra el cristal. El vidrio resistió. Un segundo impacto hizo vibrar el marco entero.

Álvaro llamó a recepción mientras Lucía agarraba a Vera. Nadie respondió.

El tercer golpe abrió una grieta.

El cuarto hizo estallar la ventana hacia dentro.

Lucía tuvo apenas tiempo de cubrir a su hija antes de que cristales y aire frío llenaran la habitación. La criatura entró golpeando muebles y paredes con unas alas demasiado grandes para aquel espacio. Álvaro la atacó con una silla. El animal chilló, pero el sonido comenzó siendo el de un ave y terminó convertido claramente en el grito de una mujer.

Lucía comprendió algo que había leído y que hasta entonces su mente se había negado a aceptar: la transformación no era una metáfora.

Los huesos cambiaron delante de ellos.

Las alas se plegaron de una forma antinatural, las plumas parecieron hundirse sobre el cuerpo y las extremidades adoptaron lentamente proporciones humanas. Segundos después había una mujer desnuda agazapada entre los cristales.

No era Elena.

Lucía la conocía.

—Jacinta...

La anciana levantó la cabeza.

No había rastro de fragilidad en ella.

Su espalda estaba recta, sus ojos brillaban con una intensidad casi febril y la boca estaba manchada de sangre antigua.

Todo encajó con una violencia brutal. Jacinta había reconocido el apellido. Había insistido en mover la cuna. Había sido quien introdujo la palabra Tlahuelpuchi desde el principio. Había observado dónde dormía Vera, cuándo había nacido y cuándo regresaban del hospital. Sus advertencias nunca habían sido protección. Eran instrucciones destinadas a controlar el escenario, a mantener a Lucía pendiente de ventanas, plumas y de Elena mientras ella entraba por otros lugares.

—Tú mataste a Gabriel —dijo Lucía.

Jacinta sonrió.

—Tu madre tardó treinta años en entender que no iba a encontrarme mientras siguiera buscándome lejos.

Se lanzó hacia Vera.

Álvaro la interceptó. El golpe los lanzó contra una mesa y ambos cayeron. Jacinta tenía una fuerza incompatible con su edad. Lucía retrocedió hasta el baño con la niña pegada al pecho mientras su marido intentaba retenerla. La anciana le abrió el brazo con las uñas y consiguió levantarse. Entonces una nueva sombra atravesó la ventana destrozada.

Elena llegó en forma animal.

El choque entre ambas criaturas fue tan rápido que Lucía apenas comprendió qué estaba viendo. Plumas negras llenaron la habitación. Hubo chillidos, golpes contra las paredes y cuerpos cambiando entre formas humanas y animales con una violencia que parecía quebrar las propias articulaciones. Elena había seguido el coche. No para buscar a Vera.

Había seguido a Jacinta.

La pelea terminó junto a la ventana. Jacinta consiguió hundir los dedos en el cuello de Elena, pero esta la empujó contra el marco roto. Álvaro, sangrando por el brazo, recogió del suelo una pata metálica desprendida de la mesa y golpeó a Jacinta en la cabeza. Lucía dejó a Vera unos segundos dentro de la bañera, rodeada de toallas, y volvió justo cuando la anciana intentaba levantarse.

Elena la tenía agarrada.

—Ahora —dijo.

Lucía no preguntó qué debía hacer.

Cogió la pata metálica.

Golpeó una vez.

Jacinta cayó de rodillas.

La segunda vez escuchó un ruido húmedo.

La tercera no fue necesaria.

Durante varios segundos el cuerpo permaneció humano. Después comenzó a encogerse entre las plumas. Cuando personal del hotel y, poco después, la policía consiguieron entrar en la habitación, encontraron a una pareja herida, un bebé llorando, una mujer de casi sesenta años desorientada y un enorme pájaro muerto junto a una ventana rota.

Nadie encontró una explicación convincente para la presencia del animal en una quinta planta.

La policía habló de un ave de gran tamaño desorientada por las luces de la ciudad. El médico que atendió a Álvaro preguntó varias veces cómo un animal podía haber producido marcas semejantes a dedos humanos en su brazo. Nadie obtuvo una respuesta.

Elena desapareció antes de que pudieran interrogarla.

Lucía la encontró al amanecer en el aparcamiento del hospital. Estaba sentada dentro de un coche viejo, con la frente vendada y una mano hinchada. Durante unos segundos madre e hija se observaron a través de la ventanilla.

Lucía llevaba a Vera dormida contra el pecho.

—¿Vas a volver a acercarte a ella?

Elena entendió perfectamente la pregunta.

—No.

—¿Por qué debería creerte?

—No deberías.

La respuesta desarmó a Lucía.

Elena miró a su nieta durante unos segundos.

—Hay cosas que una persona puede aprender a contener. Eso no convierte en buena a la persona que hizo lo que hizo antes.

Lucía sintió lágrimas en los ojos.

—¿Mataste niños?

—Sí.

No hubo justificaciones.

—¿Cuántos?

Elena bajó la mirada.

—Los suficientes para que no tengas ninguna obligación de perdonarme.

Lucía agradeció aquella crueldad porque era, al menos, limpia.

—¿Y Gabriel?

—No.

—¿Estás segura?

Elena levantó los ojos.

—Fue Jacinta. Descubrí quién era dos noches después de que tu padre se marchara contigo. Para entonces había desaparecido. Pasé años buscándola. Cuando volvió, lo hizo vieja, respetable y rodeada de gente que llevaba toda la vida confiando en ella.

Lucía recordó algo.

—Era partera.

Elena asintió.

Aquello terminó de cerrar el horror. Durante décadas, Jacinta había estado precisamente donde nacían los niños, donde podía conocer edades, familias, rutinas y casas sin despertar sospechas.

Lucía sintió náuseas.

—¿Por qué no me avisaste cuando llegué?

—Porque sabía lo que pensarías si aparecía tu madre muerta desde hacía treinta años diciendo que una anciana del pueblo era una criatura que bebía sangre. Y porque pensé que Jacinta no sabía quién eras.

—Lo supo el primer día.

—Sí.

Elena miró hacia la salida del aparcamiento.

—Yo también me equivoqué.

No hubo abrazo.

Lucía todavía no podía hacerlo.

Antes de marcharse, Elena abrió la puerta del coche y sacó una pequeña caja de metal. Dentro había fotografías, cartas que Rafael nunca había respondido y una cinta para el cabello infantil.

—Esto era tuyo.

Lucía reconoció inmediatamente la cinta.

Era roja.

Recordó las manos que le hacían trenzas.

La canción.

Por primera vez, aquel recuerdo tuvo un rostro completo.

El de Elena.

Regresaron a España una semana después. Vera recuperó el color rápidamente y sus análisis dejaron de mostrar anemia. Álvaro necesitó varios puntos de sutura y durante meses se negó a borrar del teléfono la grabación del hotel, aunque nunca volvió a verla. Rafael los esperaba en Barajas. Cuando Lucía caminó hacia él, su padre abrió los brazos. Ella le dio una bofetada antes de abrazarlo. Permanecieron así durante mucho tiempo, en medio de personas arrastrando maletas, hasta que Vera empezó a llorar entre ambos.

Pasaron casi tres meses antes de que Lucía volviera a hablar con Elena. La primera conversación duró cuatro minutos. La segunda, once. Ninguna arregló treinta años. No pretendieron hacerlo. Lucía necesitaba saber quién había sido su madre antes del miedo, quién había sido después y qué parte de todo aquello podía permitirse conocer sin aceptar lo que Elena había hecho. Álvaro no intentó influir. Se limitaba a recordarle que conocer a una persona no obligaba a absolverla.

Una tarde de noviembre, Lucía decidió ordenar la caja que Elena le había entregado. Había fotografías de su infancia que nunca había visto, cartas dirigidas a Rafael y recortes de periódicos sobre muertes infantiles ocurridas décadas atrás en distintos pueblos de Tlaxcala. Muchos llevaban anotaciones de Elena. Fechas. Lugares. Nombres. En algunos aparecía escrita la palabra JACINTA.

Al fondo encontró una fotografía que no parecía importante.

Mostraba una comida familiar tomada poco después del nacimiento de Gabriel. Rafael sostenía al bebé. Elena estaba junto a él. Lucía, con cuatro años, aparecía sentada delante de ambos.

Y detrás estaba Jacinta.

Mucho más joven.

Lucía se acercó la fotografía a los ojos.

Había otra mujer a su lado.

No la conocía.

En el reverso aparecían varios nombres escritos por Elena.

Rafael. Gabriel. Lucía. Jacinta.

Y el último:

Teresa.

Lucía llamó inmediatamente a su madre.

Elena tardó en responder.

—¿Quién es Teresa?

Al otro lado de la línea se produjo un silencio.

—¿Dónde has visto ese nombre?

—En una foto. Está con Jacinta.

Elena no respondió.

Lucía sintió regresar aquella presión conocida en el pecho.

—Mamá.

—Era su hermana.

—¿También era...?

—Nunca pude demostrarlo.

Lucía miró de nuevo la fotografía.

Teresa tenía unos treinta años en aquella imagen.

—¿Qué fue de ella?

El silencio de Elena se prolongó demasiado.

—Se fue a España.

Lucía dejó de respirar.

—¿Cuándo?

—A principios de los noventa.

La habitación pareció quedarse sin sonido.

Lucía levantó lentamente la vista hacia la puerta del dormitorio de Vera.

Desde el pasillo llegaba una voz.

Una mujer hablaba con la niña.

Lucía se puso de pie.

Álvaro todavía no había regresado del trabajo.

Rafael estaba en el supermercado.

No debería haber nadie más en casa.

Avanzó despacio.

La voz continuaba.

Era suave, cariñosa, casi un susurro.

Lucía llegó hasta el pasillo y vio la puerta de Vera entreabierta.

Entonces reconoció la melodía.

Era la misma canción que Elena le cantaba cuando era pequeña.

La misma que Marisol había tarareado en México.

La misma que creía haber olvidado.

Lucía empujó la puerta.

Vera estaba sola en la cuna.

Sonreía hacia la ventana.

Sobre la sábana, junto a su mano, había una pluma negra.

Lucía levantó la mirada.

El cristal estaba cerrado.

Y en el reflejo vio, durante apenas un segundo, a una mujer de pie detrás de ella.

No era Elena.

No era Jacinta.

Cuando Lucía se giró, la habitación estaba vacía.

Entonces comprendió por qué su padre nunca había querido volver a México.

Y comprendió algo todavía peor.

México nunca había sido el único lugar del que debía haber huido.