Durante años, el cine de terror necesitó encontrar una explicación para que una cámara permaneciera encendida mientras todo se derrumbaba. Una excursión grabada por unos estudiantes, una cinta recuperada después de una desaparición, un documental que había salido mal. Compliance plantea algo bastante más inquietante: en 2026 ya no hace falta que nadie sostenga la cámara. Las cámaras están en todas partes.

Ese es uno de los elementos que convierte al primer largometraje de Kyle Mangione-Smith en una propuesta especialmente interesante dentro de la nueva generación del cine de género. Compliance continúa perteneciendo técnicamente al found footage, pero sustituye buena parte de sus reglas tradicionales por un lenguaje construido con cámaras de seguridad, webcams intervenidas, cámaras corporales, teléfonos móviles, grabaciones de vehículos, videollamadas y diferentes rastros digitales. La película intenta que el espectador no sienta que está viendo una historia filmada, sino material que quizá nunca debería haber encontrado en Internet.

La actualidad ha vuelto a colocar la película bajo los focos. El 4 de septiembre, Fangoria presentó un nuevo adelanto antes de su estreno norteamericano en Fantastic Fest, previsto dentro de la edición de septiembre del festival. La cinta ya había tenido su estreno mundial en abril en Fantaspoa, en Brasil, y posteriormente pasó por el londinense FrightFest el 31 de agosto. Fantastic Fest la incluye ahora en su programación como una de las propuestas estadounidenses de terror y thriller de este año.

Pero lo verdaderamente interesante de Compliance no está únicamente en su recorrido por festivales. Está en la clase de miedo que intenta construir.

Su protagonista, Sam Cornell, interpretada por Megan Wilcox, trabaja gestionando crisis para UVisit, una empresa tecnológica dedicada al alquiler de alojamientos. Cuando una grave agresión sufrida por una usuaria amenaza con hacer descarrilar una operación empresarial multimillonaria, Sam recibe el encargo de contener las consecuencias y evitar que el escándalo destruya a la compañía.

Lo que comienza como una crisis corporativa termina llevándola hacia una trama mucho mayor relacionada con vigilancia, poder, manipulación, criminalidad en Internet y una organización capaz de utilizar la información como arma. Junto a Wilcox aparecen Lindsey Normington, Charlie Wood y Neil Wachs. Mangione-Smith, además de dirigir la película, firma el guion, la producción y el montaje.

Hasta ahí podría parecer simplemente un thriller de conspiraciones actualizado a nuestros tiempos. La diferencia está en quién posee los ojos con los que observamos la historia.

En el found footage tradicional, la cámara pertenece normalmente a los protagonistas. El personaje decide grabar. Cuando corre, la cámara corre; cuando se esconde, la cámara se esconde con él. Ese mecanismo fue una de las grandes armas de películas que transformaron el género a finales del siglo XX y comienzos del XXI.

Compliance intenta invertir esa relación.

Aquí gran parte de las cámaras ya estaban allí antes de que comenzara el horror.

Una cámara de seguridad permanece encendida aunque nadie quiera ser observado. Una webcam puede seguir mirando una habitación después de que su propietario crea haber terminado una conversación. Una cámara corporal registra un encuentro desde una perspectiva aparentemente objetiva. Un teléfono almacena mensajes, fotografías, ubicaciones y conversaciones. Una videollamada puede convertirse en una ventana hacia la intimidad de alguien.

El terror ya no consiste únicamente en descubrir qué está delante de la cámara.

También consiste en preguntarse quién está mirando desde el otro lado.

Mangione-Smith lleva años señalando precisamente esa intención. Durante el desarrollo del proyecto explicó que quería alejarse de la perspectiva única de una persona sosteniendo una cámara y construir la narración utilizando los diferentes sistemas de grabación que ya forman parte de la vida contemporánea. Su objetivo era aproximarse a esa sensación incómoda de encontrar en Internet unas imágenes que parecen demasiado privadas, demasiado violentas o demasiado reales para estar disponibles ante nuestros ojos.

Y ahí aparece una posible evolución especialmente fértil para el terror.

El found footage nació explotando una pregunta sencilla: «¿Y si estas imágenes fueran reales?».

El nuevo terror digital puede plantear otra mucho más cercana: «¿Y si alguien pudiera estar viendo las tuyas?».

Compliance no es la primera película que utiliza ordenadores, teléfonos o cámaras de vigilancia para provocar miedo, y el llamado screenlife lleva tiempo explorando historias desarrolladas dentro de pantallas. Lo que resulta diferente en esta propuesta es la acumulación de puntos de vista. No existe solamente una pantalla desde la que contemplar el mundo, sino una red entera de dispositivos que convierte la vida privada en material potencialmente accesible.

Las críticas surgidas durante su recorrido por festivales han destacado precisamente este aspecto. Starburst describe una película construida mediante cámaras ocultas, tecnología de pantalla compartida y técnicas tradicionales de found footage, mientras las llamadas, mensajes y notificaciones van estrechando progresivamente el espacio alrededor de su protagonista. Otras críticas de Fantaspoa han señalado el uso conjunto de cámaras domésticas, cámaras de vehículos, cámaras corporales, webcams hackeadas y comunicaciones digitales para construir esa sensación de paranoia.

La consecuencia es interesante porque modifica incluso la posición del espectador.

Tradicionalmente hemos acompañado a las víctimas.

Aquí podemos terminar ocupando involuntariamente el lugar del vigilante.

Observamos conversaciones privadas. Entramos en dispositivos ajenos. Accedemos a grabaciones que aparentemente no estaban destinadas a nosotros. Sabemos cosas porque una cámara escondida las ha registrado. El espectador deja de ser únicamente testigo del horror y comienza a participar del voyeurismo que la propia película denuncia.

Es una diferencia pequeña en apariencia, pero enorme como concepto.

Durante décadas el cine convirtió en espacios terroríficos lugares que hasta entonces parecían cotidianos: una casa, un motel, una carretera, un campamento, un bosque o incluso el océano. El terror tecnológico está haciendo algo parecido con los objetos que ahora nos acompañan desde que despertamos hasta que nos acostamos.

La pantalla del ordenador.
La cámara del móvil.
El timbre conectado de una vivienda.
La cámara que vigila un aparcamiento.
El dispositivo instalado dentro de un coche.
La webcam situada encima de un monitor.

No hace falta inventar el objeto amenazador. Ya existe.

El miedo nace de imaginar quién puede acceder a él.

Por eso Compliance resulta significativa más allá de cuál termine siendo su recepción comercial. Con una producción independiente y un presupuesto que algunas fuentes sitúan alrededor de los 100.000 dólares, la película demuestra también hasta qué punto las nuevas herramientas narrativas pueden favorecer al cine de terror de bajo presupuesto. Una imagen de webcam de baja calidad, una cámara nocturna de seguridad o una grabación comprimida dejan de ser limitaciones técnicas y se convierten en parte de la estética.

El género siempre ha sabido aprovechar las tecnologías de cada época. Primero fueron las cintas de vídeo. Después las cámaras domésticas. Más tarde llegaron los teléfonos, las redes sociales, los directos y las videollamadas.

Ahora empieza a explorar algo aún más inquietante: una sociedad que prácticamente se graba a sí misma de forma permanente.

Compliance todavía continúa su recorrido por festivales y no se ha anunciado en las fuentes consultadas un estreno comercial general en España. Su próximo gran escaparate será Fantastic Fest, donde tendrá su presentación norteamericana en septiembre.

Puede que el futuro del found footage ya no consista en encontrar una vieja cinta abandonada en algún lugar.

Puede que esas imágenes estén almacenadas en una nube, dentro de un servidor o en una cámara conectada permanentemente a Internet.

Y quizá lo verdaderamente aterrador no sea descubrir que alguien dejó una cámara grabando.

Sino descubrir que nunca dejó de hacerlo.