En los mapas antiguos de la región existía una zona que aparecía siempre dibujada de la misma manera: una extensión verde y prácticamente impenetrable llamada Bosque de Ardan. No había caminos marcados, pueblos, ríos ni construcciones. Solo árboles. Kilómetros y kilómetros de robles, hayas y pinos que cubrían las montañas como una cicatriz oscura. Sin embargo, en algunos mapas anteriores al siglo XIX aparecía algo que las versiones modernas habían borrado: un pequeño círculo en el centro del bosque acompañado de un nombre escrito en tinta descolorida.

Valdora.

Nadie sabía qué había ocurrido con aquel lugar. Los historiadores de la región aseguraban que se trataba de un asentamiento abandonado hacía siglos, probablemente destruido por un incendio o por una epidemia. Los habitantes de los pueblos cercanos tenían una explicación diferente. Ellos decían que Valdora seguía allí, exactamente donde había estado siempre, y que sus habitantes nunca habían abandonado el bosque porque el bosque tampoco los había dejado marcharse.

Las personas que vivían cerca de Ardan conocían una serie de reglas que nadie se molestaba en discutir. No había que entrar cuando oscurecía. No había que seguir voces entre los árboles. Si se encontraba una piedra con una marca circular grabada, había que darse la vuelta. Y, sobre todo, nunca se debía responder si alguien pronunciaba tu nombre desde el interior del bosque.

La razón de todas aquellas prohibiciones era una criatura cuyo nombre solo se pronunciaba en voz baja.

Malver.

Algunos lo llamaban demonio.

Otros, el Señor de las Raíces.

Los más ancianos utilizaban un nombre diferente.

El Guardián.

Pero nadie sabía cuál de aquellos nombres era realmente correcto.

Hasta que una mujer llamada Clara Varela decidió entrar en el bosque para encontrar a su hermano.

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Clara había crecido escuchando historias sobre Valdora, pero jamás había creído que el pueblo existiera realmente. Su madre había nacido en una pequeña localidad situada al norte del bosque y siempre había reaccionado de la misma manera cuando Clara preguntaba por Ardan: cambiaba de tema, cerraba las ventanas y le decía que había lugares que era mejor no conocer. Su hermano Daniel, en cambio, nunca había tenido miedo de las historias. Tenía treinta años, trabajaba como fotógrafo y llevaba varios meses investigando desapariciones ocurridas alrededor del bosque. Cuando desapareció, la policía encontró su vehículo abandonado junto a una carretera secundaria, con la puerta del conductor abierta, la cámara todavía dentro y una única fotografía impresa en el asiento del copiloto.

La fotografía mostraba una casa de piedra rodeada de árboles.

En la puerta había una mujer.

Y detrás de ella, apenas visible entre las sombras, se distinguía algo alto y oscuro que parecía observar directamente al fotógrafo.

Daniel llevaba desaparecido nueve días.

La policía había organizado una búsqueda durante las primeras cuarenta y ocho horas. Después dejaron de buscar.

Clara no aceptó la explicación de que su hermano simplemente se hubiera marchado.

La noche anterior había revisado por última vez las fotografías de Daniel. En una de ellas había ampliado una inscripción tallada en un árbol. Apenas podía distinguirse, pero las letras estaban allí.

VALDORA.

Debajo aparecía otra frase.

EL BOSQUE DEVUELVE LO QUE SE LE ENTREGA.

Aquella misma madrugada, Clara preparó una mochila, cogió la linterna, el arma que pertenecía a su padre y se dirigió hacia Ardan.

Entró en el bosque poco antes del amanecer.

A los veinte minutos dejó de escuchar la carretera.

A los cuarenta dejó de escuchar pájaros.

A la hora de caminar, descubrió que el bosque había cambiado.

Los árboles eran más grandes.

Mucho más grandes.

Sus troncos tenían formas extrañas y las raíces sobresalían de la tierra como enormes dedos. La luz del amanecer apenas conseguía atravesar el techo formado por las ramas. Clara comprobó el teléfono.

No tenía cobertura.

Siguió caminando.

Entonces escuchó una campana.

Una sola.

Lejana.

Grave.

Clara se quedó quieta.

Recordó las historias.

No seguir voces.

No responder.

Y jamás acercarse a una campana dentro del bosque.

Pero después escuchó algo más.

Una voz.

—Clara.

Era Daniel.

La joven sintió que el corazón se le detenía.

Miró entre los árboles.

—¿Daniel?

La voz volvió a sonar.

—Clara, estoy aquí.

Ella dio un paso.

Después otro.

Hasta que recordó una de las reglas.

No respondas.

Cerró la boca y continuó caminando en dirección contraria.

La voz cambió.

Ya no sonaba como Daniel.

Sonaba como su madre.

—Clara, cariño... ven conmigo.

La joven sintió lágrimas en los ojos.

Siguió caminando.

Entonces escuchó una tercera voz.

La suya.

—No tengas miedo.

Clara se detuvo.

Delante de ella había una piedra.

Tenía un círculo grabado.

Y comprendió que acababa de llegar demasiado lejos.

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La casa apareció cuando comenzaba a caer la tarde.

Era exactamente la misma casa que aparecía en la fotografía de Daniel.

Estaba construida con piedras negras y tenía las ventanas cubiertas por cortinas oscuras. Había hierbas secándose bajo el tejado y pequeñas campanas colgando de las ramas de los árboles cercanos. No había ningún camino visible que condujera hasta ella. Clara se acercó lentamente y vio que la puerta estaba abierta.

Antes de que pudiera llamar, una voz habló desde dentro.

—Llegas tarde.

Clara entró.

La mujer que estaba sentada frente a la chimenea parecía tener unos sesenta años. Tenía el cabello completamente blanco, pero su rostro no mostraba la fragilidad que Clara esperaba. Sus ojos eran verdes y extraordinariamente claros. Vestía una túnica oscura y tenía las manos cubiertas de pequeñas cicatrices.

Sobre la mesa había fotografías.

Todas mostraban personas desaparecidas.

Algunas tenían más de cien años.

Clara reconoció una de ellas.

Era Daniel.

Clara sacó el arma.

—¿Quién eres?

La mujer levantó la mirada.

—Evelia.

Clara mantuvo el arma firme.

—¿Dónde está mi hermano?

Evelia no mostró miedo.

—Todavía está vivo.

Clara bajó ligeramente el arma.

—¿Dónde?

—En Valdora.

—Entonces llévame allí.

La anciana negó con la cabeza.

—No puedo.

—¿Por qué?

Evelia permaneció en silencio durante unos segundos.

—Porque todavía no has entendido qué es este lugar.

Clara señaló las fotografías.

—¿Todos ellos estuvieron aquí?

—Sí.

—¿Y qué les pasó?

Evelia miró hacia la ventana.

—El bosque se los llevó.

—¿Por qué?

La anciana respondió con una voz mucho más baja.

—Porque alguien tiene que pagar la deuda.

Clara sintió un escalofrío.

—¿Qué deuda?

Evelia se levantó y abrió una puerta situada detrás de la chimenea.

—La que nuestros antepasados hicieron con el demonio.

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El camino hasta Valdora duró casi dos horas.

Evelia avanzaba delante de Clara sin utilizar ninguna linterna. Parecía conocer cada raíz y cada piedra. Durante el trayecto no habló. El bosque, en cambio, parecía cada vez más ruidoso. Clara escuchaba ramas romperse detrás de ellas, respiraciones lejanas y ocasionalmente algo que caminaba paralelo a su posición sin llegar a mostrarse.

Cuando finalmente atravesaron una última línea de árboles, Clara vio el pueblo.

Valdora era mucho más grande de lo que había imaginado.

Había alrededor de doscientas casas construidas alrededor de una plaza central. Todas tenían tejados oscuros y paredes de piedra. No había electricidad visible. Algunas ventanas estaban iluminadas con velas. En el centro de la plaza había un pozo cubierto por una enorme tapa metálica.

Los habitantes observaron a Clara desde las puertas.

Nadie hablaba.

Nadie sonreía.

Evelia caminó hasta el centro.

—Ha llegado.

Una mujer salió de una casa.

Después otra.

Y otra.

En pocos minutos toda la plaza estaba llena.

Clara reconoció algunos rostros de fotografías antiguas.

Personas que supuestamente habían desaparecido décadas atrás.

Parecían no haber envejecido.

Entonces comprendió algo terrible.

Valdora no era un pueblo abandonado.

Era una prisión.

Y sus habitantes eran prisioneros.

Un hombre llamado Samuel, el alcalde, se acercó a Clara.

Era un hombre corpulento de unos setenta años, con barba gris y una expresión agotada.

—¿Dónde está Daniel? —preguntó Clara.

Samuel bajó la mirada.

—En la casa de los Varela.

Clara sintió que el mundo se detenía.

—¿Cómo sabes mi apellido?

Samuel levantó los ojos.

—Porque conocemos a tu familia desde hace mucho tiempo.

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Daniel estaba encerrado en una habitación situada en la parte trasera de una casa abandonada.

Cuando Clara lo encontró, tenía la barba crecida, heridas en las manos y una mirada que no parecía la de su hermano.

Durante unos segundos simplemente se miraron.

Después Clara corrió hacia él.

Daniel la abrazó con fuerza.

—No deberías haber venido.

—He venido a buscarte.

—Tienes que marcharte.

—No sin ti.

Daniel negó con la cabeza.

—No entiendes lo que hay aquí.

Clara miró las heridas de sus manos.

—Cuéntamelo.

Daniel respiró profundamente.

—Malver existe.

Ella no respondió.

—Lo vi.

—¿Dónde?

—Debajo del pueblo.

Clara sintió un escalofrío.

Daniel explicó que había descubierto una entrada bajo la iglesia. Había bajado por unas escaleras de piedra y llegado a una cámara gigantesca. En las paredes había cientos de nombres. Algunos tenían fechas de nacimiento y muerte. Otros no tenían fecha de muerte.

Y al fondo había una puerta.

No de madera.

No de hierro.

Una puerta hecha de raíces vivas.

Detrás se escuchaba respirar algo enorme.

—¿Qué es Malver?

Daniel miró hacia la ventana.

—No lo sé.

—¿Es un demonio?

—Eso dicen ellos.

—¿Y tú qué crees?

Daniel tardó unos segundos en responder.

—Creo que los demonios no suelen llorar.

Clara lo miró.

—¿Qué?

—Lo vi al otro lado de la puerta.

Daniel bajó la voz.

—Estaba encadenado.

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Evelia reunió a Clara, Daniel y Samuel en la iglesia.

Las paredes estaban cubiertas de símbolos antiguos. En el altar había una figura de madera que representaba una criatura con brazos largos y ramas creciendo desde su espalda.

Evelia encendió siete velas.

—Malver no nació demonio.

Samuel la miró.

—Evelia...

—Ya no podemos seguir ocultándolo.

La bruja explicó que siglos atrás los fundadores de Valdora habían encontrado una criatura en las profundidades del bosque. No era humana, pero tampoco era malvada. Era una entidad vinculada a los árboles, capaz de sentir cada raíz, cada animal y cada corriente de agua que atravesaba el bosque.

Los habitantes la llamaron guardián.

Durante años convivieron con ella.

Hasta que descubrieron que podían utilizar su poder.

Los primeros brujos de Valdora construyeron un ritual para obligar a la criatura a protegerlos.

Pero el ritual salió mal.

El guardián quedó atrapado bajo tierra.

Y su sufrimiento comenzó a deformarlo.

Con cada generación, la criatura se volvía más violenta.

Hasta convertirse en lo que ahora llamaban Malver.

—¿Y los sacrificios? —preguntó Clara.

Evelia cerró los ojos.

—Los inventamos nosotros.

Daniel la miró con incredulidad.

—¿Qué?

—Malver nunca pidió vidas.

Samuel comenzó a temblar.

—Evelia...

—Nuestros antepasados comenzaron a sacrificar personas porque tenían miedo de que Malver escapara. Descubrieron que cuanto más dolor sufría la criatura, más débil se volvía.

Clara sintió náuseas.

—Entonces todo esto...

—Es culpa nuestra.

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Aquella noche comenzó una tormenta.

No había nubes.

No había viento.

Pero los árboles comenzaron a agitarse como si una tempestad invisible estuviera atravesando el bosque.

Las campanas de la iglesia sonaron solas.

Una vez.

Dos.

Tres.

Después todas las luces del pueblo se apagaron.

Los habitantes salieron a la plaza.

El pozo comenzó a vibrar.

La tapa metálica se levantó unos centímetros.

Y algo golpeó desde abajo.

El primer golpe hizo temblar las ventanas.

El segundo agrietó la plaza.

El tercero partió la tapa.

De la oscuridad surgió una mano.

Era enorme.

Tenía dedos largos cubiertos de raíces.

Después apareció el rostro.

Malver emergió lentamente del pozo.

Era mucho más alto que cualquier ser humano. Su piel parecía hecha de corteza húmeda y su boca estaba llena de dientes pequeños y afilados. Dos cuernos retorcidos sobresalían de su cabeza, pero lo que más impresionó a Clara fueron sus ojos.

No eran negros.

Eran humanos.

Y estaban llenos de tristeza.

Los habitantes comenzaron a retroceder.

Malver miró a Samuel.

—¿Cuántos?

El alcalde no respondió.

—¿Cuántos habéis entregado esta vez?

Samuel bajó la cabeza.

Malver miró alrededor.

—Siempre mentís.

Entonces el demonio levantó una mano.

Las raíces comenzaron a salir de la tierra.

Pero no atacaron a los habitantes.

Se dirigieron hacia la iglesia.

Y atravesaron las paredes.

Evelia comprendió lo que estaba ocurriendo.

—Quiere romper el sello.

Daniel miró a Clara.

—Si lo consigue, destruirá Valdora.

Evelia negó con la cabeza.

—No.

Miró a Malver.

—Destruirá el bosque.

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Evelia llevó a Clara hasta la cámara situada bajo la iglesia.

Allí estaba la puerta de raíces.

Pero ahora estaba abierta.

Al otro lado había una enorme cavidad subterránea iluminada por una luz azulada. En el centro se encontraba un árbol gigantesco cuyas raíces atravesaban las paredes.

Malver estaba unido a él mediante cadenas de piedra.

Cada cadena estaba cubierta con nombres.

Nombres de personas sacrificadas.

Evelia señaló una de ellas.

—Tu madre.

Clara se acercó.

Entre cientos de nombres encontró el de Marina Varela.

Pero había algo extraño.

El nombre no estaba acompañado por una fecha de muerte.

Clara miró a Evelia.

—Mi madre está viva.

—Sí.

—¿Dónde?

Evelia señaló el árbol.

Una figura apareció detrás de las raíces.

Marina.

Clara comenzó a llorar.

—Mamá...

Marina levantó la cabeza.

—No te acerques.

—Voy a sacarte de aquí.

—No puedes.

—Sí puedo.

Marina negó lentamente.

—Clara, escucha. Yo no estoy aquí como prisionera.

Clara se quedó inmóvil.

—Entonces, ¿por qué?

Marina miró a Malver.

—Porque alguien tenía que quedarse para mantenerlo dormido.

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Clara comprendió finalmente el verdadero sacrificio.

No eran las personas entregadas al demonio.

Era Malver.

Durante siglos, los habitantes habían mantenido a la criatura encadenada para protegerse de aquello que habían hecho.

Pero el sello estaba muriendo.

Si Malver escapaba violentamente, el bosque entero despertaría.

Y entonces las raíces cubrirían Valdora.

No por maldad.

Sino porque el bosque reclamaría lo que le habían robado.

Marina miró a su hija.

—Puedes matarlo.

Clara miró al