Durante siglos, el vampiro ha pertenecido al territorio de las leyendas. Una criatura que espera la noche, entra en las casas y necesita sangre humana para sobrevivir. En Sacramento, a finales de los años setenta, esa imagen dejó de parecer completamente fantástica. No porque apareciera ninguna criatura sobrenatural, sino porque un hombre comenzó a actuar como si una de esas pesadillas hubiera adquirido cuerpo.

Richard Chase en 1971. Sacramento Police Department.

Su nombre era Richard Trenton Chase.

Había nacido en Sacramento en 1950 y mucho antes de convertirse en asesino ya mostraba un deterioro psicológico profundo. Con el paso de los años desarrolló delirios relacionados con su propio organismo. Llegó a creer que su sangre estaba desapareciendo, que partes de su cuerpo dejaban de funcionar y que necesitaba obtener sangre de otros seres vivos para impedir su propia muerte.

Aquellas ideas no eran una extravagancia pasajera. En 1976 fue hospitalizado después de introducir sangre de conejo en su organismo y terminó recibiendo tratamiento psiquiátrico. Documentación conservada por el FBI describe posteriormente a Chase como un individuo gravemente desequilibrado y probablemente afectado por una condición psicótica paranoide. Años después, durante una entrevista en San Quentin, seguía afirmando que había matado porque necesitaba sangre para mantenerse vivo.

Durante su estancia en instituciones psiquiátricas también aparecieron comportamientos relacionados con animales. El consumo de sangre formaba ya parte de su sistema delirante. Tras recibir tratamiento, su estado pareció estabilizarse durante un tiempo y terminó saliendo del entorno hospitalario.

Pero el problema no había desaparecido.

En los meses siguientes volvió a aislarse. Su aspecto, sus hábitos y las condiciones en las que vivía fueron deteriorándose. La sangre dejó de ser una idea abstracta y pasó a ocupar un lugar cada vez más importante dentro de su particular interpretación del mundo. Para Chase no era simplemente una obsesión macabra. Dentro de su mente, era una necesidad física.

Esa diferencia es esencial para comprender el caso. Richard Chase no se disfrazaba de vampiro, no representaba un personaje y no parecía perseguir una fantasía estética. Estaba convencido de que algo dentro de su cuerpo estaba fallando. La sangre se convirtió en una supuesta solución para una enfermedad que solo existía dentro de sus delirios.

A finales de 1977, aquella obsesión cruzó una frontera.

El 29 de diciembre, Ambrose Griffin, de 51 años, se encontraba junto a su casa de Sacramento cuando recibió un disparo. Había estado descargando la compra. No existía una disputa previa conocida, un enfrentamiento ni una relación que explicara el ataque. Para la policía era, en aquel momento, un asesinato desconcertante y aparentemente aleatorio.

Casa de Ambrose Griffin, Sacramento, 1977. Sacramento Police Department.

El hombre que había disparado era Richard Chase.

Pero todavía nadie relacionaba aquel crimen con la figura que unas semanas después sería conocida en toda la ciudad.

Pasaron veinticinco días.

El 23 de enero de 1978, Chase entró en la vivienda de Teresa Wallin. Tenía 22 años y estaba embarazada. Allí se produjo un crimen completamente distinto al asesinato de Griffin. Ya no había distancia entre el asesino y su víctima. Chase había entrado en una vivienda particular y permaneció en su interior después de matar.

La investigación reveló una escena de extrema violencia y comportamientos relacionados con su obsesión por la sangre. No era necesario recurrir a ninguna ficción para que la historia resultara difícil de asimilar. Lo que hasta entonces había estado encerrado dentro de la mente de Chase había aparecido finalmente en una casa real de Sacramento. Los propios archivos del FBI documentan el asesinato de Teresa Wallin y la investigación desarrollada durante aquellos días.

La sensación de seguridad que representa una vivienda es una de las razones por las que el caso continúa resultando tan inquietante. Chase no necesitaba atraer a sus víctimas hacia un lugar aislado ni crear complejas situaciones previas. El horror podía comenzar simplemente al otro lado de una puerta.

Solo cuatro días después volvió a hacerlo.

El 27 de enero de 1978 entró en la vivienda de Evelyn Miroth, en Merrywood Drive. En el interior estaban Evelyn, su hijo Jason, de seis años, Daniel Meredith y David Ferreira, primo de Jason y de Vern Miroth, un niño de apenas 22 meses.

Vivienda de Evelyn Miroth, Sacramento, 1978. Sacramento Police Department.

Los cuatro fueron asesinados.

Para los investigadores, aquella casa confirmó que ya no estaban buscando al responsable de varios hechos aislados. Existía un mismo autor capaz de entrar en viviendas, matar a personas que apenas tenían relación con él y abandonar escenas extremadamente difíciles incluso para agentes experimentados.

David Ferreira desapareció de la vivienda. Su ausencia añadió otra dimensión a la investigación: un niño de 22 meses había desaparecido después de que el resto de las personas que se encontraban en la casa fueran asesinadas. Su cuerpo sería localizado semanas después.

David Ferreira, Jason Miroth y Vern Miroth. Foto: Vern J. Miroth / The Sacramento Bee.

Sacramento tenía ahora seis víctimas vinculadas a una secuencia que había comenzado menos de un mes antes.La investigación avanzó con enorme rapidez. La policía reunió testimonios, información sobre vehículos, pruebas físicas y elementos que permitieron reducir el área de búsqueda. El FBI colaboró elaborando un perfil del sospechoso. Sus documentos indican que la investigación acabó concentrándose en una zona situada aproximadamente entre media milla y una milla alrededor de un vehículo relacionado con los crímenes.

El perfil describía a alguien muy diferente de la imagen tradicional del criminal metódico. El responsable parecía desorganizado, psicológicamente deteriorado y poco preocupado por ocultar numerosas evidencias. Esa descripción se acercaba extraordinariamente al hombre que vivía en un apartamento de Sacramento.

Richard Chase estaba mucho más cerca de las escenas de lo que parecía.

La policía llegó hasta él al día siguiente de los asesinatos de Merrywood Drive. Los documentos del FBI señalan que fue detenido cerca de su residencia y que estaba relacionado con un arma calibre .22 utilizada en los crímenes. El registro posterior de su apartamento proporcionó evidencias que terminaron conectándolo de forma directa con los asesinatos.

La búsqueda terminó.

Pero lo que los investigadores descubrieron sobre Chase hizo que el caso apenas estuviera empezando a convertirse en leyenda.

A medida que se conocieron sus antecedentes, su historia psiquiátrica y sus afirmaciones sobre la sangre, apareció el apodo que terminaría sobreviviendo durante décadas: “El Vampiro de Sacramento”. El nombre resumía en pocas palabras algo que parecía sacado de una obra de terror, aunque su origen estaba completamente alejado de cualquier explicación sobrenatural.

Chase había llegado a creer que matar podía ser una cuestión de supervivencia. En una entrevista posterior con agentes del FBI, ya condenado y encarcelado, defendió incluso una lógica delirante según la cual necesitaba sangre para conservar su propia vida. Su percepción de la realidad continuaba profundamente alterada. El informe señalaba que apenas podía mantener una conversación de forma coherente y describía un estado psicótico severo.

Ese aspecto convirtió el juicio en algo mucho más complejo que la simple cuestión de determinar quién había cometido los asesinatos.

La identidad del asesino estaba demostrada. La discusión fundamental era otra: hasta qué punto podía ser considerado legalmente responsable de unos actos cometidos por alguien con un historial de enfermedad mental tan grave.

La defensa intentó apoyarse en ese estado psicológico. Sin embargo, el jurado terminó rechazando la tesis de que Chase no pudiera ser considerado responsable de sus actos. En mayo de 1979 fue declarado culpable de seis asesinatos en primer grado y condenado a muerte. La enorme atención pública provocó que el proceso se trasladara de Sacramento a Palo Alto.

Richard Chase durante su juicio, 1979. Yuma Sun / AP.

Nunca llegó a ser ejecutado.

Richard Chase fue enviado al corredor de la muerte de la prisión de San Quentin. Allí permaneció hasta el 26 de diciembre de 1980, cuando un funcionario penitenciario lo encontró muerto en su celda. Una información de UPI publicada ese mismo día señaló que existían indicios de una sobredosis de medicación y que se investigaba si la muerte había sido accidental o provocada.

Tenía treinta años.

La historia podría haber terminado allí. Sin embargo, el nombre de Richard Chase siguió creciendo después de su muerte. Libros, documentales, programas sobre crímenes y recopilaciones de asesinos en serie encontraron en “El Vampiro de Sacramento” un personaje casi imposible de ignorar. El propio apodo parecía diseñado para convertir una tragedia real en una historia de terror.

Y ahí existe un peligro.

Cuando el asesino recibe un nombre memorable, las personas asesinadas pueden terminar convertidas en una simple cifra.

En 2025, Vern Miroth, hijo de Evelyn y hermano de Jason, escribió sobre ello en The Sacramento Bee. Recordaba que su madre no era simplemente “una víctima de Richard Chase”. Era una mujer nacida en Hawái, había estudiado para trabajar como secretaria y tenía una familia, recuerdos y una vida que existía mucho antes de que el nombre de su asesino acabara eclipsándola. También explicó el dolor que todavía provocaba ver fotografías de las víctimas utilizadas únicamente como material de impacto décadas después.

Esa reflexión cambia la forma de mirar el caso.

Ambrose Griffin no era “la primera víctima”. Teresa Wallin no era solamente “la mujer embarazada”. Daniel Meredith, Evelyn Miroth, Jason Miroth y David Ferreira tampoco eran elementos secundarios dentro de la biografía de Richard Chase.

Familia Miroth antes de los crímenes. Miroth family / The Sacramento Bee.

Eran seis personas.

El asesino se convirtió en leyenda. Ellos pagaron el precio real.

Por eso el caso de Richard Chase funciona de una manera especialmente incómoda dentro del terror real. Contiene casi todos los elementos de una historia imposible: un hombre obsesionado con la sangre, delirios sobre su propio cuerpo, viviendas elegidas sin una conexión aparente con las víctimas y una sucesión de asesinatos concentrada en unas pocas semanas.

Pero no existe ninguna criatura al final de la historia.

No hay maldición.

No hay poderes sobrenaturales.

No hay un castillo oscuro ni un ser que desaparezca cuando llega el amanecer.

Hay un apartamento, varias calles de Sacramento, una pistola, seis víctimas y un hombre cuya percepción de la realidad se había deteriorado hasta límites extremos.

Quizá por eso el sobrenombre “El Vampiro de Sacramento” continúa provocando inquietud tantos años después. Porque parece prometer una historia fantástica, cuando lo que esconde detrás resulta mucho más difícil de aceptar.

Los vampiros pertenecen a las leyendas.

Richard Chase existió.